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Antes del clásico entre Independiente Santa Fe y Millonarios existían algunas dudas en ambos bandos.

Santa Fe, sin Francisco Meza y Luis Manuel Seijas, titulares en esta etapa, necesitaba conservar su plan habitual de juego. Por el lado azul, la presencia de su nuevo técnico, el uruguayo Rubén Israel, quien debía organizar rápidamente un esquema para intentar estar en las finales.

En el primer tiempo Millonarios montó otro grupo de zagueros. Regresó Elkin Blanco al medio campo, puso a David Macalister Silva más adelante de su puesto y Jonathan Agudelo empezó como delantero principal, y en el banco quedaban Rafael Robayo y Michael Rangel.

Realmente se apreció una intención más ofensiva, con casi todos los jugadores queriendo demostrarle al técnico sus cualidades. Esto siempre ocurre cuando se da cambio de estratega. Algún factor externo motiva a los jugadores.

En el segundo tiempo del clásico bogotano, Rubén Israel no eliminó el síndrome Lunari. Aparecieron Robayo, Rangel y el cambio rutinario este año de Federico Insúa por Máyer Candelo. En eso parece no variar el uruguayo.

El cero a cero se sostuvo gracias al arquero Nicolás Vikonis y Leandro Castellanos. Solamente en el final fueron vencidos desde el punto penalti, de hecho bien sancionado por el juez Sánchez. Tanto Wilson Morelo como Federico Insúa engañaron a los arqueros y se pudieron celebrar dos goles en el clásico.

Es justo reconocer cómo los equipos afrontaron la competencia. Millonarios fue mejor en el primer tiempo y Santa Fe hizo valer su oficio de grupo futbolístico en los últimos 45 minutos.

Para Independiente Santa Fe no se notan angustias, porque sostiene regularidad, y con Morelo y Luis Quiñones, de buen partido, tiene con qué conseguir puntos. En cambio, para Millonarios es una realidad que a punta de empates le costará alcanzar el ingreso a los ocho finalistas del fútbol colombiano. En general, el clásico gustó por la intensidad, la imprecisión en muchos pases, la vehemencia en la disputa del balón, lo cual trajo cantidad enorme de tarjetas amarillas y una repartición de puntos justa.

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