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Al frenar pasan tres cosas: suena el cornetazo de los frenos de aire, se enciende la veladora de la Virgen del Carmen y Jhon Jairo se vomita.
Vamos hacia Cali en el año 1970 montados en un autobús Ford con carrocería Bluebird de la empresa Flota Magdalena (Jhoncito lo decía antes de trasbocar en esas curvas horribles bajando de La Línea: si quiere una muerte serena móntese en la Magdalena). Las ventanas a duras penas se pueden abrir. El diseño de los ganchos a los dos lados las hace durísimas. Las de adelante no se pueden cerrar, pero necesitamos que la nuestra abra pues la bolsa no alcanza para tanto sancocho del mejor parador en Calarcá. Los zapaticos colgados en el espejo del conductor se bambolean al ritmo de las cortinillas y hamacas de los adornos de cabina. El altar de la Virgen y el de los carritos de juguete tienen luces verdes y rojas intermitentes, mareadoras. La música de rancheras truena por los parlantes. Logramos bajar la ventanilla y esperar que el aire frio le ventile a Jhon la maluquera que no le evitó el Mareol que se tomó muy tarde. ¡Te lo dije!
Por fortuna las cortinas laterales de una tela sorprendentemente absorbente son excelentes pañuelo y toalla. Baja el drama. Para distraerme observo la cabina y enumero: dos vírgenes, un escapulario, un par de zapaticos de bebé, siete borlas multicolores, tres calcomanías con chicas de Playboy, un radio, unos flequillos que tapan la visibilidad, dos altares repletos de carritos de juguete muy bien iluminados, un pasacintas de casete compacto, en una repisilla un arrume de casetes destripados cuyas cintas se escurren como espaguetis o como serpentinas. El capó ostenta la escultura cromada de una dama desnudada por la aerodinámica. Cambiamos de rancheras a vallenatos destemplados porque ya no es el radio sino la casetera la que aulla a espasmos. Jhoncito, con ojos suplicantes desde su rostro verde de diez años, pide agua, pero no traemos así que le recomiendo al ayudante que cuando pueda parar si hace el grande favor. “Eso sí quién sabe; cuando se acabe la loma me recuerda”, dice en su mejor acento de Fontibón, Cundinamarca.
Al frenar pasan tres cosas: la azafata que está repartiendo los “etsnás” se tambalea, yo orino por fuera de la taza del baño de la nave y Jhon Jairo tirita. No hay ventanas. Vamos hacia Cali en el año 2015 montados en un Marco Polo Servicio Diamante, G7, Baguette Ultra Express dotado con Wi-fi, GPS, azafata, AC, “esnács”, baño, reclinomáticas y videos de Ninjas a todo volumen, a las dos de la mañana. No hay ventanas, repito, ni vírgenes, ni borlas ni zapatos. A duras penas se cuelan las rancheras y vallenatos por la silicona del separador. Los gritos del video evocan a Gina Paola, la azafata, que me permito brevemente describir: es robusta, mide por lo menos uno con setenta, lo que es grande para una colombiana, y necesario, pues es la encargada también de meterse a la bodega del bus a organizar los bultos y maletas. Tiene el pelo largo, lacio y teñido de color “merdenfant”. Nos había saludado hacía cinco horas con la cantinela de bienvenidos a su empresa favorita y nos había recordado que el baño es solamente para “servicios líquidos”. Nos entregó las mantas no muy limpias, nos obsequió el saludable etsná de wafer, chocomelo y gaseosa —a mí me consiguió agua, dioslepague—. Gina Paola se había retirado a la alta cueva que hay en la parte trasera, más allá de la última banca, y había desaparecido de cabina. Me tocó despertarla a eso de las cuatro pues el baño se quedó atascado. Abre la portezuela y está lívida. Me confiesa que ha vomitado el sancocho del Parador del Sancocho en Calarcá. Menos mal está el baño para “servicios líquidos”. ¿Ya vamos a llegar?