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Desde que el presidente Víctor Yanukóvich huyó a Rusia en febrero, el surgimiento de las fuerzas prorrusas en Ucrania se ha convertido en un desafío, no sólo para el gobierno de Kiev, sino para toda la comunidad internacional, que experimenta tensiones inéditas desde la Guerra Fría. Ayer se realizaron dos nuevos referendos independentistas en el Este ucraniano y el resultado final, que muchos esperan sea favorable a los organizadores separatistas, despierta muchas preguntas sobre el futuro del país.
El primer episodio de la fragmentación ucraniana en el conflicto actual fue Crimea. Después de que la península declarara su independencia y se anexara a Rusia el 18 de marzo, en otras regiones del Este del país surgieron movimientos independentistas y prorrusos.
Donetsk es la capital de una importante región industrial del Este que lleva el mismo nombre. En abril, después de varias movilizaciones y disturbios, fue declarada allí la República Independiente de Donetsk. Desde entonces, los líderes de la revuelta anunciaron la celebración de un referendo como el de Crimea, aunque anticiparon que no se trataría tanto de una votación por la autodeterminación sino por la adhesión directa a la Federación Rusa.
Tan pronto se sintió en Donetsk el surgimiento de movimientos prorrusos, el presidente interino de Ucrania, Alexandr Turchínov, anunció operaciones antiterroristas en contra de esas milicias. No obstante, derrotarlas militarmente ha sido imposible, por lo que se presume que los movimientos son apoyados secretamente por Moscú. De hecho, esas mismas organizaciones han solicitado repetidas veces ayuda militar al Kremlin para soportar las ofensivas del gobierno de Kiev.
Hace por lo menos un mes estos movimientos se tomaron varias plazas públicas e importantes edificios gubernamentales. Los esfuerzos de la diplomacia internacional tampoco los han detenido: a pesar de que en Ginebra se firmó un acuerdo entre Moscú, Kiev, Washington y la Unión Europea en busca del desalojo de las instalaciones oficiales, el desarme y la amnistía de las milicias prorrusas, nada de esto se cumplió y los separatistas siguieron su propia hoja de ruta.
Después de Donetsk, la fiebre separatista y prorrusa se extendió a otra región industrial: Lugansk, donde los movimientos prorrusos han crecido rápidamente a pesar de que la policía ha cerrado por completo la ciudad en varias ocasiones. Los dos plebiscitos se realizaron en más de 12 ciudades de esas dos regiones. Para demostrar su aceptación y poderío, los prorrusos de Donetsk y Lugansk hicieron movilizaciones la semana pasada: el jueves sacaron a marchar al sector minero y sidero-metalúrgico, que representa alrededor de un tercio de la producción industrial de Ucrania e integra la cuenca minera de Donbass en la frontera con Rusia.
Estos referendos, así como el de Crimea, son considerados ilegales por el gobierno central de Kiev, así como por la Unión Europea y Estados Unidos. El mismo presidente de Rusia, Vladimir Putin, ha tomado distancia de los plebiscitos. La semana pasada instó a los rebeldes a posponer la votación “para crear las condiciones necesarias para el diálogo” con las autoridades ucranianas.
Sin embargo, los líderes de la República Independiente de Donetsk siguieron adelante con su iniciativa. Debido a esa actitud de Putin, no está claro si, tras declarar su independencia, estas regiones serán adheridas a la Federación Rusa. Lo más probable es que sí. El órgano oficial de la República de Donetsk, La Voz del Pueblo, apunta a que “tras el referéndum, participaremos en la escena internacional como un Estado independiente de pleno derecho. Seguirán nuestros pasos otras regiones, como Jarkov, Zaporija, Dnipropetrovsk, Jerson u Odessa, y luego nos reagruparemos todas en una potente federación, Novorusia, que se convertirá en parte del gran mundo ruso”.
En medio de esta fiebre separatista, las elecciones presidenciales del 25 de mayo están a la vuelta de la esquina. La pregunta es si al ganador en los comicios le quedará algún margen para gobernar un país tan fragmentado.