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La estatua inmoral

Los absurdos hechos de aquella mañana comenzaron a desencadenarse con el alba. Pasado el tiempo hubo quienes los explicaron como un asunto de tragos y nada más. De alguna manera, con su simplismo evadían el fondo del tema. Querían decir, gritar, como en la canción, que “borracho no vale, no señor”, y ya está. Yo diría que borracho es cuando vale, porque fue el alcohol lo que potenció en Alfonso algo que estaba por ahí, latente, y fue la borrachera la que le dio las fuerzas que nunca antes había tenido.

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Habíamos hablado de historia, de Bogotá, de los conquistadores. Él me contó que el colmo de los colmos era que ese día, en la tarde, mientras bajaba desde La Macarena hacia la Séptima, por el parque de la Independencia, había descubierto un monumento al general Joaquín F. Vélez. “¿El general quién?”, le pregunté. “Un tipejo cartagenero de mucha alcurnia que acabó cojo por un duelo a muerte en Panamá, un ultragodo que se lanzó a la Presidencia de la República en 1904”.

Luego supe que, según las investigaciones de Eduardo Lemaitre, a Vélez le robaron aquellas elecciones. Los acontecimientos pasaron a la historia con el nombre del fraude de Dibulla, que consistió en que los jurados de votación de aquellos guajiros lugares dejaron en blanco el número de votos del lugar y firmaron el acta. Luego, según los votos que requería el candidato fraudulento, el juez llenaba los espacios. Así obtuvo la presidencia Rafael Reyes.

Pero esa no era la molestia de Alfonso. En realidad, ni siquiera tocó el tema de Reyes aquella noche. Que Reyes se llenara los bolsillos con el caucho o con el azúcar, poco o nada le importaba. Su rabia era que Vélez había ido a firmar el Concordato ideado por Rafael Núñez con una amante, él, que se les daba de puro, de perfecto, de moral.

Por eso, en la madrugada recibí una llamada muy extraña de la Policía. Me dijeron que tenían detenido a un señor Alfonso Segovia que decía ser amigo mío, o primo o tío. Que estaba muy borracho y los borrachos se enloquecen, y que lo habían encontrado encima de una estatua: intentaba descabezarla con sus simples manos.

Fernando Araújo Vélez

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas. fernando.araujo.velez@gmail.com
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