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Japón y el poder del átomo

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La reactivación de la central nuclear de Sendai, decidida por el gobierno de Shinzo Abe, revive el debate sobre la pertinencia del uso de energía nuclear en el Japón.

La central nuclear de Sendai, situada al sur del archipiélago nipón, reinició sus actividades este 11 de agosto. Se trata del primer complejo nuclear reabierto después de la tragedia de Fukushima, en marzo de 2011, que obligó al Gobierno japonés a cerrar las 44 centrales nucleares del país. Impulsada por el gobierno del primer ministro Shinzo Abe, con el apoyo del conservatismo y de varios grupos industriales, la reactivación trae sobre la mesa el debate de la pertinencia económica, política y militar del empleo de energía nuclear en el Japón.

Japón es la única nación del mundo contra la que se empleó la bomba atómica, cuyo impacto devastador dejó 320.000 muertos y millones de víctimas que padecen hasta hoy las consecuencias de la exposición a la radiación. Sin embargo, su liderazgo político y económico en el Asia-Pacífico depende de mantener un aprovisionamiento energético rentable y constante. El cierre de las centrales nucleares disparó la importación de combustibles fósiles, provocando un gigantesco déficit en la balanza comercial, que hasta el 2011 había sido excedentaria, e hizo urgente el regreso a la producción de electricidad nuclear. El rechazo y la dependencia simultáneas hacen que los japoneses tengan una relación ambivalente con el poder del átomo.

La reactivación de la central tuvo lugar tan sólo algunos días después de que se conmemoraran los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki, cuyo recuerdo constituye el mejor argumento para oponerse al poder del átomo y a cualquier nueva aventura militar de escala global. Por otra parte, a pesar del parte de tranquilidad de las autoridades, el riesgo de que se presente una tragedia natural que desemboque en una nueva catástrofe nuclear es evidente: la central de Sendai está a menos de 60km de los volcanes Sakurajima y Ioyama, que se encuentran en actividad. Ambas razones condujeron a los pacifistas japoneses y a los simpatizantes de la anti-proliferación nuclear a pronunciarse en las últimas semanas.

Adicionalmente, el Gobierno revisa la política de seguridad exterior del país con miras a participar en conflictos internacionales si uno de sus aliados es atacado. La revisión entre junio y julio del artículo noveno de la Constitución impuesta por los EE.UU al término de la Segunda Guerra Mundial, según el cual Japón renunciaba a “la guerra en tanto derecho soberano de la Nación”, constituyó el primer paso. El gobierno Abe aprovechó los ejercicios militares de Corea del norte y el apoyo de una parte de la opinión pública para pedir que las fuerzas armadas de autodefensa (el ejército japonés) puedan participar en sistemas de defensa colectivos. Para los pacifistas, la actuación del Gobierno es ilegítima y atenta contra las bases pacíficas sobre las que se construyó la democracia japonesa después de la Segunda Guerra. Sin embargo, el problema relevante desde el punto de vista de la política internacional es otro: la nueva orientación de la política de defensa y seguridad japonesa y los compromisos que el Gobierno adquiera frente a los EE.UU.

Desde el inicio de la Guerra Fría, Japón ha sido uno de los pivotes esenciales de la estrategia internacional de los EE.UU. en Asia. De hecho, los límites del pacifismo constitucional nipón dependen de la agenda de entendimiento entre Washington y Tokio. El artículo nueve no fue un impedimento para que Japón se convirtiera en la principal base militar estadounidense en el Pacífico durante las guerras de Corea y Vietnam, y la prohibición de desarrollar un programa atómico militar derivada del mismo artículo tampoco significa mucho. Gracias a su programa de energía nuclear, Japón se encuentra en condiciones de desarrollar una bomba atómica en un período de un año (el screwdriver’s turn japonés). Para los EE.UU. se trata de un eslabón fundamental para afrontar cualquier amenaza nuclear proveniente de Rusia, China y Corea del norte.

Es difícil imaginar hasta qué punto la necesidad de actuar como potencia mundial en el Asia-Pacifico permita a los japoneses mantener el pacifismo como pilar de su construcción democrática. También es difícil saber si transformar su programa nuclear para orientarse hacia otro tipo de fuentes de energía es compatible con el mantenimiento de su liderazgo económico, y con la relación de fuerzas establecida con China y Corea del norte.

De cualquier manera, el poder creador y destructor del átomo continuará siendo una variable necesaria para entender el Japón del siglo XXI.

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