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Aquella noche, tal vez como todas las noches, el tipo llevaba una bolsa negra que parecía bastante pesada y una especie de tula colgada al hombro. Cuando lo vi alejarse, después del pánico, me recosté contra un muro para recobrar el aliento. Imaginé que en la bolsa metía las minucias de su trabajo, y en la tula, lo que en realidad era importante. Supuse que, además, debía llevar un par de tenis y una camiseta extras, por si acaso.
Todo se había iniciado unos minutos antes de las 10. Yo salía de una película fatal y granulosa en la Avenida Chile. Despotricaba contra las profundidades de los cinéfilos y me decía que un comercial de Fox, en el que prometían nunca presentar películas checas, había dado en el punto exacto de la sensatez humana. Andaba tan enfurecido con el cine inteligente que la furia me salvó de un andrajoso que se me acercó con oscuras intenciones. Me vio, se rió cuando le dije que estaba hasta la coronilla de las películas de los genios y me dijo que a él tampoco le gustaba eso tan elevado. Se fue con sus carcajadas a cuestas y yo subí por la 72 hacia la séptima.
Entonces vi surgir al protagonista de esta historia. Parecía un demonio alarmado entre las sombras de la 70. Bamboleaba su botín como si fuera algodón y miraba hacia todos lados. Buscaba a alguien que lo oyera, alguien que lo sacara de su pánico, que lo comprendiera. No sé si necesitaba afecto un hombre así, tan acostumbrado a tutearse con los bajos mundos. Yo creo que al menos buscaba compañía. Por eso cuando me vio, se me abalanzó y me dijo: “Hermano, hermano del alma, en esa caneca había dos pares de ojos de un vivo y me miraban… Alguien botó unos ojos”.