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La lamentable muerte hace unos días de Santiago, nuestro estudiante del colegio Marco Fidel Suárez, vuelve a abrir la discusión sobre el papel de las autoridades, maestros, padres y estudiantes en el consumo de sustancias psicoactivas (SPA) legales e ilegales.
Aunque es bueno precisar que Santiago no murió por el consumo de SPA, sino por inhalar formol. Para que casos como este no se repitan tenemos que aumentar el compromiso de todos en la protección de nuestros niños y jóvenes. Antes de sacar ligeras conclusiones y estigmatizar a los colegios públicos (lo que ha provocado amenazas contra directivos y estudiantes), es bueno tener en cuenta varios elementos.
Primero, que los alumnos tienen hoy más opciones de conseguir y consumir SPA que hace 20 años, tendencia fuerte acá y en otras ciudades. Segundo, que según los dos estudios más sólidos al respecto, hechos por la Secretaría de Educación (SED) y el Ministerio de Salud, menos del 2% de los estudiantes consumen SPA con frecuencia.
La SED, con su programa Respuesta Integral de Orientación Escolar (RIO), identificó hace tres años la incidencia de SPA en los colegios y en sus entornos (calle a calle y parque a parque), y su relación con la estrategia del narcotráfico para ejercer control cerca de los colegios, a través de pandillas que inducen a los estudiantes al consumo. Desde entonces, la Secretaría aumentó el personal y los mecanismos para tratar casos en población escolar. Además, alertó a las autoridades para hacer un trabajo mancomunado. Hemos frenado el crecimiento del fenómeno, pero no lograremos reducirlo sin la cooperación interinstitucional.
¿Cómo solucionar el problema?
Primero, dejemos de estigmatizar a la escuela y mejor apoyémosla en su difícil desafío. Segundo, sigamos educando para la ciudadanía y la convivencia, para que los estudiantes aprendan a tomar decisiones y a vincularlas a un proyecto de vida sólido, fomentando liderazgos positivos y apoyando organizaciones constructivas que generen alternativas a las pandillas, así como también ofreciendo formación integral a través del currículo de la Jornada Completa. Aquí es donde la SED ha hecho énfasis en los últimos años, multiplicando por diez los recursos disponibles y logrando buenos resultados para mostrar.
Tercero, se deben identificar y atender los riesgos. En particular, fortaleciendo la orientación escolar y los sistemas de alerta frente a situaciones dañinas, y trabajando en equipo entre familias, colegios y autoridades educativas en una estrategia pedagógica preventiva, como RIO, que ha duplicado la cantidad de orientadores y de profesionales de apoyo y ha multiplicado por cinco los recursos para identificar y atender casos cuya solución puede ser liderada desde el mundo escolar, con buenos resultados.
También, hay que hacer prevención terciaria/terapéutica. Los chicos con problemas de consumo frecuente de SPA o que apoyan a los expendedores, requieren un programa para atenderlos durante períodos largos combinando aulas de aceleración y programas de inclusión en la escuela, con manejo en instituciones especializadas. Algo en lo cual la capacidad de las instituciones, más allá de la escuela, genera inquietud.
Por supuesto también hay que aislar las pandillas con programas de entornos escolares seguros y pactos liderados por los jóvenes para erradicar drogas y armas en los colegios. Con acciones policivas en parques y entornos de colegios, que reduzcan impacto de pandillas y ofrezcan información de inteligencia sobre quiénes las dirigen y financian; cerrando ollas y expendios móviles en barrios (la SED ha entregado su ubicación específica a la Policía y el CTI varias veces en los últimos años), y mediante programas de resocialización como Jóvenes en Paz, que lidera el Idiprón, y ofrece opciones de retorno a la educación y al trabajo a quienes han entrado en el mundo delincuencial, pero pueden salir de él con acompañamiento adecuado.
Por último, hay que judicializar y condenar a narcotraficantes y crimen organizado, que manipulan a las pandillas y manejan grandes expendios. Existen cinco o seis puntos de la ciudad que se conocen como “ollas madre”. Hay que actuar con toda energía sobre esta forma de criminalidad que pretende estratégicamente controlar a los jóvenes de las ciudades (no solo en Bogotá).
El punto es establecer las prioridades donde corresponde, poniendo la pedagogía, la prevención y la represión donde cada cosa cabe, y trabajar para fortalecer lo que viene ya funcionando con programas bien orientados cuya sostenibilidad es indispensable (como RIO e Incitar); reorientar lo que no esté funcionando (por ejemplo, creo que las escuelas nos hemos quedado cortas en estrategias para comunicarnos mejor con las familias); y en particular, fortalecer la coordinación interinstitucional para que las entidades no nos dupliquemos o nos “señalemos” unas a otras. Y sobre todas las cosas, evitar el sensacionalismo, el maniqueísmo y el oportunismo de muchos funcionarios y opinadores, que simplifican lo complejo y resultan contraproducentes.
* Secretario Distrital de Educación