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Tan preocupante resulta la oleada de migrantes que invaden en desorden a Europa como la reacción de los orientadores de la Unión.
Desde la Segunda Guerra Mundial no se producía en Europa un movimiento migratorio tan grande, ni países del continente habían sido objeto de una abierta invasión. Las cifras son alarmantes en la medida que suman ya cientos de miles los seres humanos que, por cualquier medio, se quieren colar al espacio europeo dejándolo todo atrás, a riesgo de su vida y en muchos casos de la de familias enteras. Las imágenes son peores aún y muestran lo paradójico de la situación, como aquella de un inmigrante iraní que, en la isla griega de Kos, reclama airado a un atónito policía local por la carencia de servicios adecuados en un refugio improvisado para recibir a una población que salió de la nada y se viene a sumar, en el peor momento posible, a los habitantes del lugar.
Los migrantes le dan un contenido nuevo y diferente a la globalización. De alguna manera son consecuentes con las proclamas a favor de diferentes dimensiones de la libertad. Si se predica que debe existir libertad económica y que las fronteras deben desaparecer para efectos de la circulación de bienes, como ideal de un mundo liberalizado, ¿por qué razón no se puede tratar de extender el concepto a la circulación de personas y a las oportunidades de prosperidad?
De alguna manera es entendible que, en el contexto de un mundo tremendamente desigual, haya quienes al encontrarse en desventaja no estén dispuestos a esperar todos los años que sea necesario por el triunfo generalizado del modelo que les han anunciado, por todos los medios, como el que aparentemente hace más felices a los seres humanos y les abre oportunidades de vivir mejor. Entonces es comprensible que quieran acelerar el proceso y acortar el camino que los separa de una situación que consideran deseable.
Sin caer en la simpleza de considerar que los países ricos y exitosos son necesariamente culpables de la desgracia de los demás, no sobra reconocer que algunos de ellos sí que tienen que ver con la configuración paulatina de ese mundo desigual de cuyos jadeos angustiosos son protagonistas los inmigrantes. Porque de alguna manera, en no pocos casos ni en poca medida, los flujos migratorios han sido en las últimas décadas manifestación clarísima de la resaca del colonialismo. Y en cuanto hace a la explosión que ahora vivimos, otra vez las infortunadas intromisiones, pasadas o presentes, de países desarrollados en ciertos lugares estratégicos, están relacionadas con la situación actual.
Los sabios del comportamiento social dicen que las revoluciones no se presentan en todos los casos por la desgracia propia, sino que en ellas juega un papel determinante la comparación con la opulencia ajena. Los europeos, principalmente los de los países que lograron imponer unos patrones culturales y estéticos que, además de la libertad y la democracia, implican un supuesto nivel elevado de disfrute de la vida, no han dejado de provocar, de hecho, a millones de vecinos o de observadores y soñadores lejanos, que quisieran entrar a la misma fiesta. Sin saber que las familias decadentes sobreviven un buen tiempo por cuenta de sus propios sueños.
Europa cambia frecuentemente de fisonomía. Sea por las guerras, sea por las redefiniciones voluntarias del mapa, a cada rato se modifica la configuración del continente. El factor de distorsión está representado ahora por las invasiones a veces bárbaras de los desarrapados cuya presión no había sido prevista y frente a la cual la Unión reacciona de manera igualmente primitiva porque no tienen una política ni común ni adecuada ni manejable. El manejo del problema queda en manos de los países inmediatamente receptores, de los que en virtud del tratado de Dublín no pueden salir quienes busquen asilo. Con la destinación de unos fondos para conseguir agua, pan y pañales, la Unión Europea no ha salvado su responsabilidad. A ese paso el espacio Schengen, característico de la Europa unida, está perdiendo vigencia y es preciso que exista una política general, adecuada a la nueva situación.
Es necesario que Europa pase a una forma más solidaria de acción, como lo ha solicitado el presidente griego Prokopis Pavlópulos, y como comienzan a entenderlo Angela Merkel y François Hollande. Pero seguramente va a ser preciso aproximarse a las fuentes verdaderas del flujo migratorio y ayudar a mejorar las condiciones de los países que son fuente de la migración. Porque la gente no deja todo ni se lanza al mar, con riesgo de perder la vida y sacrificar a sus bebés, porque aborrezca su terruño. Lo que aborrece son los malos gobiernos, la corrupción, la falta de oportunidades y la condena a no poder vivir mejor. El gran esfuerzo internacional deberá estar orientado a corregir los males de raíz, en lugar de atajar gallinas, o seres humanos, dispuestos a burlar todas las barreras y a hacerle la vida imposible al que sea, con tal de vivir un poco mejor.