Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Alguna vez le escuché decir a un ancestro que “hasta los 18 años el cerebro aún es de algodón”. No recuerdo si la metáfora se refería a lo frágil, vulnerable o manipulable que puede llegar a ser (la razón), o simplemente a que sólo cuando se deja la adolescencia atrás empieza, quizás, a tornarse gris la materia que lo compone.
Total, la alegoría durante mucho tiempo hizo que me preguntara si la mielina, extraordinario material que se encuentra en nuestra corteza cerebral y cuyo principal fin es permitir la transmisión rápida y eficiente de los impulsos nerviosos a una velocidad suficiente que permita emprender el razonamiento (dicen los versados en el tema que la cantidad de mielina en el cerebro es directamente proporcional a la inteligencia del hombre; por cierto, al parecer, sólo los delfines nos superan en mielina), empezaba a consolidarse solamente en la edad adulta; pero, más allá de esa “incógnita” científica, sobre la que no voy a ahondar ahora, definitivamente sí creería que la capacidad de razonamiento y suficiencia muy rara vez se alcanzan antes de aquella edad. Luego, la independencia de un menor de edad es una utopía sobre la que no debería recabarse demasiado. Los niños y adolescentes, hasta antes de los 18 años, por lo menos, están (o deberían estar) supeditados a la guarda de los padres; justamente por su incapacidad de autogobernarse y conducirse conforme los parámetros esenciales mínimos, de la nuclear autodeterminación y potestad con la que debería contar un ser humano “maduro” para diferenciar el bien y el mal y obrar en consecuencia. (Al margen de los adultos que, aún siendo capaces, no lo son para desplegar comportamientos prudentes y ejemplares, pero hacia allá no va esta disertación).
De tal modo, pues, que, si existe una codificación especial para disciplinar a los niños y adolescentes, habida cuenta su calidad de inimputables, y trasladarles en parte esa responsabilidad a sus padres o tutores, bien pueden estos últimos ejercer una labor de supervisión e intromisión “hasta los más íntimos círculos” del menor. Con más veras aún al contenido informativo en los que estos interactúan utilizando las redes sociales. Redes tan atractivas como endiabladas, que muchas veces seducen, atrapan, embaucan e incluso aniquilan al menor vulnerable, frágil, ingenuo y manipulable. Me extraña sobremanera que desde la augusta tribuna de El Espectador se desconozcan u olviden (me rehúso a creerlo) casos aberrantes como el de “Chiqui Locomotion”, un cazador de incautos que halló en “el Face” el “cerebro de algodón” de la víctima y, quizás, en la falta de control de sus progenitores, el medio y la presa perfecta para inocular su venenosa estratagema delictiva.
Los casos no han sido pocos. Alardeando derechos a la intimidad, los menores se exponen neciamente a las afiladas y emponzoñadas fauces de los animales cibernéticos. Celebro en consecuencia la postura del alto tribunal, en el sentido de sustraer a los padres de la necesidad de requerir el aval de quienes se encuentran bajo su tutela cuando de intervenir su “círculo de amigos” se trate. Sin lugar a duda los menores tienen derecho a su privacidad, pero esa privacidad a tan pronta edad no puede ser declarada como absoluta, y la relatividad obedece justamente a gran parte de lo que hasta aquí ya he mencionado. Calificar la intimidad de un menor como incondicional es abrirle la puerta al infierno de “algunas” redes sociales, que no hallan el momento de devorarse y carbonizar viva esa supuesta y risiblemente inmunizada intimidad del “menor preadolescente”. ¿Proteger al menor sin vulnerarle su “intimidad”? Lo veo inviable. Buena intención, pero resultaría inútil.
Permitir la “violación” de un menor a partir de la excesiva libertad e intimidad es correr el riesgo de sacrificar su salud mental e integridad física, dándoselo “en sacrificio” a los cazadores de la “intimidad digital”.
Fernando A. Carrillo Virguez.
@ferjedy