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El locutor de Últimas Noticias no cesaba en su perorata: “Pueblo, a las armas, a la carga, a la calle, con palos, piedras, escopetas. Asalten las ferreterías y tomen la pólvora, las herramientas, los palos, los machetes”. Y la turba ciega obedeció sin pausa. El caudillo Jorge Eliécer Gaitán había caído asesinado minutos ante la acera del edificio Agustín Nieto, la noticia tomaba perfil de tragedia al comenzar la tarde y, a escasas tres cuadras del sitio del magnicidio, el novel reportero Luis de Castro llegaba a la vieja casona donde Alberto Lleras Camargo había emprendido su empresa periodística del diario El Liberal.
Lo recibió con una misión específica el director del periódico, Alberto Galindo: “La radio dice que colgaron al cojo Montalvo en el Capitolio. Váyase, averigüe y lleve fotógrafo”. Aludía al ministro de Gobierno del presidente Ospina Pérez y el reportero escasamente tuvo tiempo para saludar a su hermano Flavio, quien oficiaba como jefe de Redacción. Salió a la calle con el fotógrafo Parmenio Rodríguez, quien se terció una enorme cámara y, a pocos metros, se encontró con un escenario de vandalismo y borrachera. El cruento horizonte de un lluvioso viernes de abril que le dejó a Colombia la dolorosa cicatriz del Bogotazo.
El Liberal estaba situado junto a la antigua sede de la Embajada de Francia, sobre la calle 17 con carrera 5ª, y el vecino Parque de Santander ya era un hervidero de gente exaltada bebiendo champaña o whisky a pico de botella después de haber arrasado las cigarrerías. Una muchedumbre autómata que no cesaba de clamar a una sola voz: “A Palacio, a Palacio”. A través de esa horda enfurecida bajaron reportero y fotógrafo hasta la carrera 7ª y luego, a la altura de la Avenida Jiménez, dividieron destinos. De Castro encontró a su colega Hernando Garavito Muñoz y el fotógrafo cogió camino hacia la Clínica Central, donde Gaitán ya había muerto.
Garavito Muñoz, entonces estudiante de Derecho de la Universidad Libre y reportero estrella de Últimas Noticias, llevaba idéntica gestión: constatar el supuesto patíbulo en que se había convertido el Capitolio Nacional. No obstante, ambos periodistas asumieron que la noticia realmente estaba en la Clínica Central, dejaron de conversar y tomar notas en el atrio de la iglesia de San Francisco y se abrieron paso, en medio de una masa rugiente armada de picas, machetes y palas, hasta la calle 12 entre carreras 4ª y 5ª, donde el tumulto reclamaba airado la entrega del gobierno al liberalismo y desfogaba su ira contra el Palacio Arzobispal.
No pudieron ingresar a la clínica porque el tropel humano se concentró en la puerta y rodeó al maestro Darío Echandía cuando éste abandonaba el centro asistencial. Entre vivas y gritos de combate, el dirigente liberal fue conducido hasta el Nuevo Teatro y, minutos después, despeinado, con la corbata floja y el sombrero hundido hasta las orejas, apareció en una ventana sin barandas como si fuera un péndulo. Primero daba la impresión de que iba a caer encima del populacho y después parecía rescatado por sus copartidarios. Hasta que pudo más el desorden, Echandía se resignó al silencio y los reporteros recobraron su misión.
Caminaron hasta la Casa del Florero, donde se había situado el fotógrafo Parmenio Rodríguez con su ayudante. Entonces nuevamente dividieron sus destinos los dos enviados de El Liberal. Luis de Castro se internó en la Plaza de Bolívar para ponerse a salvo de la fusilería que defendía a sangre y fuego el palacio de gobierno, y el reportero gráfico y su ayudante, pegados a la pared, tomaron la ruta por el atrio de la Catedral Primada hasta el café El Bodegón, situado en la esquina de la calle 10ª. Siempre apretados contra los muros, tratando en vano de registrar la acción militar entre tranvías y edificios envueltos en llamas.
Disparo letal
Hasta que una bala de fusil atravesó el abrigo del fotógrafo, rompió el visor de la cámara y perforó la arteria femoral de Parmenio Rodríguez. El fotógrafo intentó levantarse tras el impacto, pero se dobló de inmediato. Entonces su colega Alfredo Pontón, quien tomaba fotos para El Tiempo, entró a la línea de fuego, se echó al hombro a Parmenio y doblando por la funeraria San Ignacio emprendió camino hacia una clínica. De la botamanga del pantalón del herido brotaba un incesante flujo de sangre. Minutos después, en una estrecha camilla, a pocos metros del quirófano donde concluyó su vida Gaitán, dejó también la suya el fotógrafo.
Entre tanto, De Castro y su colega Garavito llegaron al Capitolio y, cuando pisaban sus escalones, les salió al paso un piquete de soldados al mando de un capitán con una orden perentoria: “Aquí no entra nadie”. Garavito replicó: “Somos de la prensa y queremos saber si es cierto que colgaron a Montalvo”. Ante el mutismo del oficial, el reportero de Últimas Noticias se envalentonó e increpó al capitán con un retador interrogante: “¿Usted con quién está, con el gobierno o con la revolución?”. El capitán frunció el ceño y haciendo caso omiso se dio media vuelta. Los reporteros hicieron lo propio y regresaron al infierno de la carrera 7ª.
Entonces constataron que la turba seguía enloquecida y que el panorama ciertamente era de pánico. Decenas de ebrios se aferraban a las rejas de las joyerías hasta arrancarlas y luego despedazaban las vitrinas. Don Luis Tamayo, director de Cromos, portando una bandera de Colombia, intentaba disuadir a los incendiarios. Desde las ventanas del Palacio de la Gobernación arrojaban máquinas de escribir y escritorios. Los pordioseros cambiaban andrajos por sacolevas y cubiletes. Las marchantas desfilaban con piel de armiño en sus cuellos o cargando electrodomésticos. La ira popular arremetía contra todo lo que encontrara a su paso.
Convencido de que no debía correr más riesgos, Luis de Castro volvió a la sede de El Liberal, donde a pesar del agobio por la suerte de Parmenio, ya se habían repartido los oficios: linotipistas en sus máquinas, reporteros en sus Remington, don Alberto Galindo explicando a muchos visitantes por qué no podía ponerse al frente de la revuelta y neutralizando la codicia de algunos empleados que alcanzaron a improvisar un depósito de mercancía robada, y todos haciendo turnos hasta la madrugada para proteger el papel acumulado en el patio porque las pavesas, como brasas encendidas, volaban amenazantes en esa noche de horrores.
Nadie durmió ese viernes y, como si fuera hoy, Luis de Castro recuerda lo visto: el toque de queda burlado por francotiradores desde las azoteas, los vándalos desafiando a la muerte por un corte de tela, él y sus colegas calmando el hambre con quesos holandeses abandonados por los saqueadores y, en la mañana del 10 de abril, pocos transeúntes que osaron asomarse por los alrededores recibiendo gratuitamente ejemplares de El Liberal, único periódico capitalino que circuló ese día con titular a seis columnas: “Arde Bogotá”. Testigo de la histórica jornada, haciendo esguince a los azares de una ciudad esquelética, horas después el debutante periodista retornó a casa.