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¡A ganar la Vuelta!

Santiago Gamboa
21 de agosto de 2015 – 03:39 p. m.

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Cuando yo estaba acabando el bachillerato, en 1982, llegó al colegio Refous la pasión por el ciclismo. Fue así que empezamos a familiarizarnos con palabras como “transmóvil”, “lote”, “embalaje”, y esa extrañísima locución adverbial que, si se la analiza fuera de contexto, es un completo disparate: “Ir chupando rueda”. El Tour de Francia empezaba a ser transmitido por radio y Colombia tenía un gran equipo, el Café de Colombia Pilas Varta.

Viendo a Nairo Quintana y al nuevo Team Colombia, que hoy comienzan a correr la Vuelta, recuerdo esas madrugadas antiguas con el radio pegado a la oreja, oyendo las transmisiones de Julio Arrastía, a quien todos llamaban “la Biblia del Ciclismo”. “¡Abra la Biblia don Julio!”, le pedían, y él, con su voz argentina, decía cosas hermosas: “Dale manija, pibe, esta etapa es nuestra, ¡arriba los corazones!”. La aparición de Lucho Herrera y Fabio Parra fue la apoteosis del ciclismo, una de las épocas más bellas de mi vida de aficionado.

Jamás olvidaré aquella vez en que Lucho Herrera ganó en el Alpe d’Huez, tras una escapada con el francés Bernard Hinault. Al iniciar la cuesta y dar las primeras pedaladas de esa pendiente inhumana, con Lucho delante e Hinault “chupando rueda”, Arrastía Bricca exclamó: “Ahora Lucho le va a decir: ¡Agárrate Catalina, que vamos a galopar!”. Lucho se paró en su bicicleta y empezó a trepar ladeando el cuerpo, balanceándose con una fuerza asombrosa, y toda Colombia lo observaba, en vilo… Varias curvas más arriba se alejó unos metros de Hinault, que estaba dejando la piel en los pedales, y Arrastía gritó con una emoción estremecedora: “¡Se va! ¡Se va el Jardinerito! ¡Dale pibe! ¡Toda Colombia en tus pedales, pibe, subí!, ¡Arriba los corazones!”. El espacio entre uno y otro fue mayor y Arrastía arremetió en el micrófono: “¡Se queda Hinault! ¡Se queda! ¡Qué día histórico! ¡Colombia, Fusa! Lucho le dice a Hinault: ¡Hasta luego vida mía, si te he visto no me acuerdo!”, y en efecto, se fue Lucho y pedaleó hasta la pancarta de llegada, en esa cima nubosa de los Alpes, y la fuerza le dio apenas para levantar los brazos al cruzar la meta. Recuerdo que debí salir a un balcón a tomar aire y secarme las lágrimas. Lágrimas felices que nunca, en el futuro, ningún otro triunfo me volvería a provocar, pero que reviví hace poco, mientras daba saltos poco decorosos para mi edad cuando Nairo Quintana atacó a Froome en el Alpe d’Huez.

Todavía me pregunto, 30 años después, qué habrá sentido Lucho esa tarde al saber que hizo felices a tantos compatriotas, y todo eso en unas cuántas horas, dios santo, ¿qué podríamos hacer los demás para lograr algo así?, ¿qué puede hacer un escritor o un artista o los hombres de ciencia y de política para estremecer de ese modo y dar tanto en tan poco tiempo? La respuesta de hoy sigue siendo la misma: no podemos hacer nada, no del modo expedito y mágico en que lo hace el deporte. Por eso debemos recordar esos momentos de perfección y tercamente oponerlos a los otros, a los días atroces que compatriotas menos heroicos nos infligen y que, también en pocas horas, nos hunden en la desesperanza.

Y por eso desde esta modesta columna les digo a Nairo y a los demás escarabajos: “¡Arriba los corazones!”.

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