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El vía crucis de un padre

Se cumple una semana de la desaparición de Alexánder Rodríguez en el cerro oriental. Ya se suspendieron los operativos de rescate, ahora el caso pasará a investigación por parte de los organismos judiciales.

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La pierna derecha, que se había fracturado seis años atrás, le volvió a doler a don Jairo Rodríguez intensamente el miércoles por la mañana, poco antes de salir a buscar a su hijo por quinta vez. Casi sin intervalos, don Jairo, sentado en la hierba donde se inicia el ascenso a Monserrate, se tocaba la pierna y decía que estaba demasiado cansado y adolorido para acompañar a los organismos de socorro en el último día del operativo de rescate de Alexánder, desaparecido desde el Viernes Santo.

Don Jairo no paraba de frotarse la pierna ni despegaba los ojos —ya apagados y cansados por tanta espera— de Monserrate, mientras los miembros de rescate partían para el cerro. Ese día, bajo la sombra de un árbol, aguardaría noticias de su hijo. Era la última oportunidad de que apareciera. Si a las cinco de la tarde no había rastro de Alexánder, se suspendería la búsqueda definitivamente.

A las nueve de la mañana habían comenzado a llegar los miembros de la Policía, los Bomberos, la Cruz Roja, la Defensa Civil y el Departamento de Prevención y Atención de Emergencias (DPAE). Se agruparon alrededor de un mapa que tenía marcadas las rutas que ya habían inspeccionado y las que aún faltaban.

“No podemos repetir las mismas zonas —decía el teniente Manuel Ruiz, de los Bomberos—. Ya recorrimos casi todas los caminos y no hay absolutamente nada. Sólo falta la salida a la 72 y al barrio San Luis”. Esos serían los últimos lugares que explorarían. Ni en el Pico del Águila, ni en los Tanques del Silencio, ni en las zonas boscosas o rocosas habían encontrado a Alexánder; alguien comentó que usualmente los extraviados terminaban en alguno de esos parajes, que era muy extraño que él aún no apareciera, teniendo en cuenta que las búsquedas más extensas que se han realizado en la misma montaña habían tomado máximo 48 horas.

Después de ese tiempo aparecían las personas, pero sin vida, hinchadas, flotando sobre algún estanque de aguas heladas. “A esa temperatura tan baja el cadáver se demora en salir a flote unos 12 días”, comentó alguien más. En Semana Santa fueron 102 los perdidos en Monserrate. Casi todos, pequeños que se extraviaron entre la multitud, que alcanzó los 200 mil feligreses en los días santos: días de oración al Señor Caído y de peregrinación por el vía crucis. De ellos, el único que continúa desaparecido es Alexánder.

El miércoles era él último día del operativo. Don Jairo continuaba sentado en la grama, con los ojos clavados en el cerro. A las 10:30 de la mañana, antes de que la cuadrilla partiera, el padre les pidió que recorrieran nuevamente los alrededores de la iglesia. Él presentía que el hijo estaba ahí. Se lo dijo un anónimo que llamó a su casa el Domingo de Resurrección: “Busquen a su hijo detrás de la iglesia”.

Allí, precisamente allí, lo vio por última vez Nancy Cubillos, su esposa. Eran las 5:30 de la mañana del Viernes Santo. Habían llegado al cerro después de caminar ocho horas desde su casa en Bosa hasta lo alto de la cima (como lo hacían cada año, como lo hacen cientos de bogotanos en esa fecha). Iban tomando whisky, “del barato”, aclaró don Jairo. Alexánder estaba embriagado. En el camino tuvo un problema con un vendedor porque le quedó debiendo tres mil pesos. “Listo, no me pague, pero arriba nos vemos”, le dijo el hombre. Alexánder tomó la delantera en el camino. Llegó hasta la iglesia, se detuvo unos segundos en la puerta y siguió hacia el callejón de las comidas. La esposa lo vio desde lejos. En medio de la romería lo llamó: “Alexánder, Alexánder”, y agitó el brazo para que la reconociera. Él se perdió entre la multitud, entre algunas de las 80 mil personas que visitaron Monserrate ese día.

Llevaba una chaqueta ovejera de jean y un pantalón azul oscuro. “Estaba así, como en la foto”, dijo el padre señalando una fotocopia con el rostro de Alexánder, quien tiene 27 años pero luce más joven. Doña Elvira, la mamá, dice que la piel blanquita y el cabello claro del hijo, que antes, cuando era niño, era rubio del todo, se los heredó a ella.

Desde la entrada de Monserrate don Jairo vio cómo se agotaba la última oportunidad de encontrar a su hijo en el cerro. Como ese miércoles, la llegada del atardecer y la oscuridad dio por terminada la búsqueda. Poco después de las 4:30 de la tarde, luego de cinco días, los organismos de socorro suspendieron el operativo. “Ya tocará buscar en hospitales y pegarle una buscadita por los barrios cercanos a Monserrate”, dijo el padre, resignado.

Segunda estación

Alexánder nació en Ibagué. De allí son sus padres y su hermana Carolina. El hijo menor de la familia, John Jairo, “también nos dejó —contó la madre—. Se enamoró de una indígena y se mató por ella”. Fue hace seis años. Vivía en Villavicencio. Se enamoró de una mujer casada que nunca le cumplió la promesa de abandonar al esposo por él. Entonces remedió su desamor con un veneno fatal.

De Ibagué llegaron a vivir a Bosa, donde tienen una casa de dos pisos. Con el arriendo del primer piso se alimentan y en el segundo viven todos: los papás, la hija Carolina, el hijo Alexánder, su esposa Nancy y sus dos pequeños, Marlyn, de cuatro años, y Johan, de dos. Los dos varones de la familia abandonaron el colegio cuando apenas estaban comenzando la secundaria, según la mamá, porque “empezaron a trabajar en un taller de mecánica y le cogieron amor a la plata y pereza al estudio”. Alexánder siguió trabajando en talleres de carros, después como constructor y luego vigilando un parqueadero. Ese fue su último empleo.

En el barrio Las Margaritas, de Bosa, ya la imagen de Alexánder está fijada en todas las paredes y los postes. Ya los vecinos del barrio Las Margaritas han recorrido Monserrate acompañando a don Jairo. Por eso, el jueves de pascua, después de que se suspendieron las labores de búsqueda, el padre y la madre de Alexánder fotocopiaron el rostro del hijo para empapelar los barrios que rodean los cerros orientales.

Por primera vez desde la pérdida de su hijo, doña Elvira salió de la casa para acompañar a su esposo. La primera estación del recorrido fue el barrio Los Laches. En ese punto de la ciudad, Monserrate se ve casi a la misma altura. La madre no retiraba los ojos del cerro y repetía, entre dientes, con voz bajita: “es enorme, es enorme”. En el CAI del barrio, don Jairo se bajó del taxi. Doña Elvira lo seguía, con los carteles que rezaban, en letra chueca y a mano: “Desaparecido. Alexánder Rodríguez, teléfono…”.

“Yo soy el padre del muchacho perdido en Monserrate”, se presentaba, y después pedía permiso para pegar los afiches y señalando la foto preguntaba si de pronto lo habían visto. Todos asentían, todos conocían al desaparecido del cerro, pero nadie tenía noticias. En la segunda estación, el CAI de El Dorado, el mismo saludo del padre, el mismo apoyo de los policías, los mismos carteles en los postes y ninguna señal.

Tercera estación: CAI Guavio. “Yo a ese sardino lo vi por La Concordia —dijo un hombre que se detuvo a detallar la fotografía—. Lo vi el lunes festivo, por el Chorro de Quevedo. Estaba con unos muchachos. Quiera Dios que sea él”. Sin perder tiempo, don Jairo se montó en el taxi. Siguiente estación: el Chorro de Quevedo.

Sobre un afiche del Teatro Libre, donde se anunciaba la obra La señorita Julia, don Jairo pegó el rostro de su hijo. Mientras el padre pegaba uno, dos, tres, cuatro volantes en el lugar que le habían señalado, la madre observaba a un indigente que yacía acostado en un rincón de la plaza, en posición fetal, sucio, sin un zapato, dormido profundamente. Se acercó a él. No le veía el rostro. Entonces se aproximó otro poquito. Cuando lo reconoció, y vio que no era su hijo, se retiró con el mismo cuidado y dijo: “Eso es lo que me da miedo, que esté por ahí tirado”.

El Chorro de Quevedo fue la última estación del día. Después seguirán Choachí, un municipio ubicado detrás del cerro. Luego, el centro, el antiguo Cartucho, los hospitales, la morgue. A cada sitio llegará don Jairo con la foto de Alexánder, dirá que es el padre del desaparecido en Monserrate. La esposa, silenciosa, lo acompañará. Incluso, volverán a recorrer Monserrate si es necesario.

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