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La feria de propuestas sobre la forma institucional de los eventuales acuerdos de paz parece un concurso de cometas.
Los colombianos, al menos los de otras épocas, acostumbrados a un espíritu republicano menos ligero que el de nuestros días, habrían esperado que de parte del Estado saliera la propuesta de un mecanismo institucional, o de uno extraordinario, que iluminara suficientemente el camino. Por eso tal vez ha causado sorpresa la cuidadosa vaguedad con la cual el tema se puso a circular en los medios, con el efecto preocupante de producir más incertidumbre que confianza.
Ciertamente no estamos ante una circunstancia normal. La salida del conflicto requiere por eso mismo imaginación política, creatividad jurídica y visión de futuro. Es muy posible, y no debe ser sorpresa para nadie, que dentro de la institucionalidad actual no se halle la fórmula precisa para que aquellos que optaron por la vía de las armas en busca de un estado diferente, se avengan, previas negociaciones, a entrar en la vida política a cambio de nada; o a cambio de algo que deberá ser conocido plenamente por todos los demás, para que en ejercicio de su poder soberano digan sí o no.
La búsqueda de la fórmula adecuada debe obedecer, en todo caso, a una premisa mayor: la paz no puede ser impuesta por nadie y, para que sea verdadera y durable, debe anidar en lo más profundo de la sociedad colombiana, esto es en todos los sectores y en todas las regiones del país. Además el asunto es tan trascendental que requiere de una mayoría ciudadana cualificada, por no decir contundente.
En la orientación del proceso que conduzca a los arreglos institucionales y la consolidación de la paz se requiere de un considerable liderazgo presidencial. Porque en éstas circunstancias, como en todas aquellas en las que el mar sacuda la nave de la nación, las miradas se vuelven al puente de mando y esperan encontrar allí al capitán seguro, sereno y reposado, que inspire la confianza en que todo saldrá bien.
En lugar de lanzar globos de prueba para ver en qué dirección soplan los vientos, o de sumarse al concurso de cometas de agosto, con el riesgo de que las cuerdas se enreden y todos los artefactos voladores terminen en el suelo, sería de esperar que un gobierno que se ha jugado todo valientemente en busca de la paz tuviera la paciencia de auscultar con extremo cuidado los sentimientos de la sociedad y, antes de poner a circular ideas tentativas respecto del cómo, hiciera conocer nítidamente el contenido del qué es lo que se va a aprobar o rechazar. Sin que haya lugar a que se piense que quiere anticipadamente recibir cheques simbólicos o autorizaciones de pago en blanco.
Ya la mención, que después se aclaró era tentativa, de un «congresito» que sonaría de la misma familia del «articulito» y que hace pensar en una democracia diminuta, produjo los efectos que ha producido. Ahora sería de esperar que, en lugar de insistir en el mecanismo de refrendación de unos acuerdos que no se conocen, se avanzara más bien en la búsqueda de esos acuerdos, al ritmo que las circunstancias ameritan para que no pierda impulso este proceso hacia una paz que por fortuna todos queremos.
En cuanto al cómo, cada día seguirán saliendo hipótesis y propuestas de todas partes. Y está bien que así sea y que el gobierno tome cuidadosa nota y reciba y procese todo aquello que valga la pena hacer o evitar.
Cuando llegue su turno, será un momento histórico de esos que marcan o echan a perder las oportunidades. Será la suerte suprema de los estrategas y de los estadistas; cuando todo se consigue o la nave se va a pique. La historia está llena de esos momentos, marcados por decisiones que producen para siempre condena o gratitud, cuya complejidad no se advierte fácilmente desde fuera; y que aunque no corresponden a una sola persona, solo a una se vienen a atribuir. Decisiones que exigen profundo conocimiento del alma de cada pueblo, así como de la historia hacia atrás y de la imaginación histórica hacia adelante.
Afortunadamente el Presidente Santos escogió el camino más difícil, como es el de la negociación, en lugar de echar para atrás y volver a la guerra abierta en la que mueren los hijos de las veredas y las barriadas. Por el bien de Colombia será bueno que acierte. También será bueno que, sea cual fuere la fórmula, la ciudadanía tenga la última palabra; para que una nueva configuración de país, más democrático y equitativo, termine por imponerse por encima de lo que se arregle en recintos cerrados o conforme a la voluntad, y los intereses, de una minoría.