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A principios de este año el Ministerio de Medio Ambiente presentó los proyectos de dos decretos y un reglamento para cobrar por cada ejemplar obtenido por “caza científica”.
Estos proyectos son una sorpresa amarga para los científicos y curadores de las colecciones biológicas, ya que los decretos de 2013 habían mostrado un entendimiento de la recolecta científica (por primera vez no se denominó “caza”), removiendo muchos de los obstáculos legales para la investigación de la biodiversidad colombiana.
La motivación de estos proyectos fue reglamentar esta “caza” para evitar casos como el del doctor Patarroyo, en el cual se había extraído muchos ejemplares de monos Aotus para sus experimentos. Entonces, ¿cuál es la diferencia entre “caza” y “recolecta” si ambas implican la extracción permanente de ejemplares de sus poblaciones naturales?
Para contestar esta pregunta, hay que entender lo que pasa después de que los ejemplares hayan sido extraídos. La caza propiamente dicha se ejerce sobre pocas especies y las ganancias son transitorias, lo cual implica que la extracción se continúe, produciendo posibles efectos severos sobre las poblaciones. La caza de subsistencia da para unas comidas; la deportiva, para satisfacción personal y algunos trofeos; la comercial (legal o ilegal), para una ganancia monetaria.
Para la recolección científica, la “caza” es sólo el comienzo. Cada ejemplar recolectado es preservado e identificado, clasificado y depositado en una colección biológica en donde es catalogado y mantenido en condiciones que garantizan su estudio científico en perpetuidad. Las colecciones son registradas ante el Instituto Humboldt y sus datos entran a las bases de datos nacionales.
Como el Estado ha declarado que la vida silvestre es patrimonio de la Nación, estos ejemplares representan también bienes públicos con responsabilidades para su cuidado.
En la recolección científica, el número de ejemplares extraídos de cualquier población es mucho menos que en cualquier tipo de caza e, incluso, muy inferior a la tasa de mortalidad natural de las poblaciones. Como la biodiversidad colombiana es enorme, la recolección científica juega un papel importante para conocerla y, por ende, conservarla.
Si bien ninguno de los ejemplares muertos en los estudios del doctor Patarroyo parece haber sido debidamente preservado y depositado en una colección biológica, esto sí puede calificarse como “caza científica”, pero nunca “recolección científica”. La diferencia es fundamental y debe ser reconocida por el Ministerio del Medio Ambiente antes de, en efecto, proponer cobrar una multa para el estudio de la biodiversidad.
* Profesor y curador de ornitología. Instituto de Ciencias Naturales, Universidad Nacional.