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A veces parece que nos acostumbráramos a las muertes violentas. A unas más que a otras. Y a justificarlas y tolerarlas con tanta facilidad como ligereza. Es el caso del asesinato de mujeres jóvenes y adultas. Casi siempre el inconsciente individual o colectivo nos dicta de inmediato: algo hizo, quién sabe en qué pasos andaría. Pero detrás de tales prejuicios se esconden el machismo, el dominio masculino sobre las mujeres y la subvaloración de ellas, sus cuerpos, sus sentimientos y sus decisiones.
Hace apenas cuarenta años que una mujer denominó “feminicidio” al asesinato de una mujer por el hecho de serlo. No inventaba una práctica, muy antigua en la humanidad, pero le daba nombre y especificidad a un tipo particular de asesinato. Y desde entonces se han venido registrando cada vez mejor los casos en muchos países – no en todos, por supuesto – y se han venido dictando leyes que aumentan las penas para este crimen.
Pero, ¿cuándo se mata a una mujer por el hecho de ser mujer? Cuando se pretende cobrarle con su vida el no comportarse como ordenan los cánones implícitos o escritos en clave masculina, a favor de los varones y en contra de ellas. Cuando, desconociendo su dignidad, privacidad y autonomía, se pretende anteponer de manera violenta la voluntad, la pasión o el deseo masculinos sobre los equivalentes femeninos de ellas. Y cuando asumiendo un poder asimétrico, individual o colectivo, se dispone de la vida de ellas como si fuera de menor valor. Conviene precisar, en primer lugar, que no todo asesinato de una mujer es un caso de feminicidio. También las mujeres mueren por otros motivos, entre ellos los político-sociales o los atracos callejeros. Y además, que también las mujeres pueden cometer feminicidio. Sería el caso de una mujer que, asumiendo los roles, prejuicios y funciones machistas, eliminara a otra mujer en ejercicio de tales funciones y prejuicios.
Son abultadas las cifras y muy pesados los saldos del feminicidio en Colombia. Mientras escribo esta columna, agoniza una mujer en el hospital de Tunja, apuñalada por su compañero permanente; se investiga en Soledad, Atlántico, el caso de un mototaxista que asesinó a su esposa; y en el fin de semana hubo dos casos de feminicidio en Bucaramanga, uno de cuyos agresores, ya detenido, podría ser el primer condenado en Colombia por este delito bajo la nueva ley 1761 de 2015, conocida como Ley Rosa Elvira Cely, en memoria de una víctima emblemática de este tipo de crímenes. Y si se pasa de los datos cotidianos al acumulado anual, los datos de Medicina Legal son alarmantes. En el 2014 hubo un promedio cercano a 3 feminicidios diarios, y en los primeros cinco meses del 2015 ya iban 344 casos.
Las regiones con el mayor número de casos registrados en 2014 fueron el Valle del Cauca, Bogotá y Antioquia, pero el problema está presente en casi todo el país. El escenario principal son los lugares de residencia, más de la mitad de las víctimas tenían entre 20 y 39 años, y los principales agresores fueron los compañeros y excompañeros sentimentales permanentes, los esposos y los exnovios. Una reciente observación del director del Instituto de Medicina Legal se convierte en una alarma muy importante: “Pero en el camino nos encontramos que muchas de las mujeres que llegaron al Instituto a ser valoradas física y psicológicamente, después regresaban muertas”. Es decir: este tipo de violencia es repetitiva y, si se interviene oportuna y eficazmente, pueden evitarse muchos desenlaces fatales. Y muchísimos más podrían evitarse también si las intervenciones no fueran sobre casos en curso, sino sobre los valores y prácticas sociales, culturales y políticas que han hecho posible por siglos el feminicidio.
*Médico social