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El quinto día de su detención, el periodista guatemalteco José Rubén Zamora fue conducido a la Torre de Tribunales. Se le dijo que tendría audiencia en un caso que ya para ese momento le había dado la vuelta al mundo y que él no conocía a ciencia cierta, con excepción del violento allanamiento a su residencia el 29 de julio de 2022 y su inmediata captura y posterior traslado a la prisión militar Mariscal Zavala, donde compartiría reclusión con varios exfuncionarios del Estado, entre ellos el expresidente Otto Pérez Molina, a quien Zamora había dedicado decenas de artículos de denuncia desde elPeriódico, diario que dirigía hacía 26 años.
Luego de sortear durante más de una hora el pesado tráfico de Ciudad de Guatemala, al llegar a la sede judicial, situada en la zona 1, en pleno centro de la capital, la camioneta del sistema penitenciario se detuvo tan solo unos minutos y emprendió retorno hacia la zona 16, donde está ubicada la prisión. A Zamora le dijeron que la audiencia había sido cancelada.
Al regresar a la Bartolina 2, nombre con que se conoce la pequeña celda en la cual el periodista permanece detenido desde hace 390 días, Zamora encontró en la cama superior de su litera una gran bolsa plástica de color negro que decía “Brigada Mariscal Zavala”. Temeroso de que pudiera tratarse de narcóticos u otros elementos ilegales como los que habían intentado “plantarle” antes, el periodista la dejó ahí, sin siquiera tocarla, intentando ignorar su naturaleza curiosa e investigativa.
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Horas más tarde, al caer la noche, un enjambre de insectos, niguas y bichos de todo tipo lo atacó sin piedad: se internaron en sus tejidos ―“solo salían a respirar”, recuerda José Rubén― , atacaron sus genitales, laceraron su piel, infectaron sus articulaciones, penetraron su cuero cabelludo y convirtieron su cuerpo indefenso en objeto de un festín sádico hasta el día siguiente, cuando la guardia penitenciaria acudió en su ayuda. La “bienvenida” lo dejó magullado y con abscesos que él describe como “similares a las ubres de una vaca, gigantes”.
Las noches previas tampoco fueron fáciles. La primera, por cuenta del allanamiento y la acción arbitraria del Ministerio Público (nombre con que se conoce a la Fiscalía en Guatemala) sobre su nuera y nietos menores de edad, la llegada a los calabozos del MP en horas de la madrugada y, finalmente, a la bartolina de suelo negro y malos olores, y a aquel colchón que parecía acumular restos de visitas conyugales y sudores de reclusos anteriores. Con la luz del amanecer, José Rubén se percató de que lo que pensó era el piso, en realidad era una cama de cabellos negros mezclados con heces que inundaba la celda.
La segunda noche, Zamora tuvo cuatro inspecciones sorpresivas, todas después de la medianoche, dos de ellas realizadas por grupos antinarcóticos. La tercera, hubo dos allanamientos más, también de antinarcóticos. Y aunque el hecho en sí mismo resultaba extraño, más alarmante aún lo fue la advertencia de un guardia penitenciario que le preguntó si era adicto a alguna sustancia o al alcohol. “No fumo, no como pan, no tomo alcohol, hago ejercicio y no consumo azúcar”, respondió el periodista. “Hágase a un lado entonces, pareciera que le quieren sembrar algo en su celda”, aconsejó el agente, quien grabó el operativo. Al día siguiente, todos los guardias que estaban de turno esa noche fueron trasladados.
El 1.º de agosto, hacia las 10 de la noche, Zamora intentaba dormir por primera vez desde su captura cuando escuchó a la guardia de la prisión abrir la reja que separa la bartolina del resto del penal. Un grupo de militares pedía entrar al lugar donde estaba recluido el director de elPeriódico. Los guardianes se negaron: “Nos podemos meter en problemas”, dijeron ellos. “No le vamos a hacer daño, solo queremos darle un susto”, espetaron los soldados. Y aunque no les dejaron ingresar, fue una noche más de insomnio e incertidumbre para el periodista, que 24 horas más tarde fue atacado por las alimañas que le dejaron en una bolsa mientras él hacía un inocuo recorrido por toda la ciudad.
No fue el primer acto de tortura sufrido por el multipremiado periodista, calificado como uno de los 50 héroes mundiales del periodismo en el año 2000; secuestrado en su propia casa junto a su esposa e hijos y gravemente golpeado frente a ellos en 2003; secuestrado, torturado y drogado en 2008; golpeado brutalmente en 2013; amenazado en decenas de ocasiones y denunciado penalmente en 296 oportunidades (28 por delitos relacionados con la ley de feminicidio) durante los gobiernos de Alfonso Portillo y Otto Pérez. Todo ello por cometer un periodismo a veces polémico pero siempre corajudo.
“En los primeros 14 días perdí 35 libras. A la fecha he recuperado 12”, comenta Zamora, con resignación y lucidez. Ha pasado más de un año desde su aprehensión. Su esposa y un hijo, quienes aún permanecían en Guatemala, salieron del país en junio. Hace dos meses fue sentenciado a seis años de prisión por lavado de dinero y absuelto por dos cargos más. El Ministerio Público pedía para él 40 años de prisión. Y aunque la pena impuesta le permitiría al periodista solicitar prisión domiciliaria, la sentencia extrañamente le pone fecha a esa posibilidad: 27 de octubre de 2023.
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En el interregno de ese proceso kafkiano, José Rubén tuvo 14 abogados, cuatro de los cuales están detenidos y tres en el exilio. Uno de ellos aceptó cargos luego de ser enviado al penal Matamoros, donde fue puesto, desnudo, en una celda con pandilleros de alta peligrosidad. La directora de finanzas de elPeriódico, Flora Silva, detenida en agosto de 2022, también aceptó cargos y afronta su condena fuera de la cárcel.
En ambas ocasiones, Zamora agradeció que se hubieran liberado de la prisión: “A ella le dije que me había quitado un peso de encima, que el problema era conmigo. A él, que lloraba en mi hombro, le di ánimos y le agradecí su apoyo”.
Uno de los últimos defensores privados que tuvo José Rubén Zamora, el presidenciable Juan Francisco Solórzano Foppa, se declaró culpable el 2 de junio pasado luego de dos meses de estar detenido, y afirmó ante el tribunal que lo sentenció: «No he cometido ningún delito, pero acepto cargos para seguir luchando contra este sistema corrupto».
Zamora afronta otros dos procesos, todos llevados por la Fiscalía Especial contra la Impunidad (FECI), una unidad del MP encabezada por el fiscal Rafael Curruchiche, que desde la expulsión de la Comisión Internacional contra la Impunidad (Cicig) se ha dedicado a procesar y encarcelar jueces, fiscales, periodistas y opositores, muchos de los cuales han huido al exilio.
“Este ataque, el judicial, empezó el 28 de octubre de 2021, cuando fui citado a audiencia en un caso denominado InfoIGSS, mediante el cual pretendían procesarme por supuestamente haber pagado fuentes para que me filtraran información. Luego, en febrero de 2022, intentaron procesarme por publicar información de carácter reservado por haber publicado una nota sobre un testigo que declaraba contra la fiscal general, Consuelo Porras. Después, en marzo, por haber sacado a la luz el contrato de compra de vacunas rusas. A fines de junio, intentaron llevarme a juicio en un caso en el que se emitió orden de captura contra 25 personas, y aunque mis abogados siempre informaron que yo estaba presto para presentarme, jamás les dieron a conocer la existencia de este quinto proceso”.
Fue en este último caso que el MP logró la condena. A José Rubén Zamora se le señala de haber recibido 300 mil quetzales (unos 153 millones de pesos) en efectivo con la intención de bancarizar el dinero de un empresario procesado por corrupción. El dinero fue encontrado en su casa durante el allanamiento, pero su origen era distinto: se trató del pago por la compra de una pintura del artista Élmar René Rojas Azurdia, que el periodista vendió a Alejandro Girón, un empresario que posteriormente aceptó cargos por falsedad ideológica y quien aún luego de haber sido sentenciado continuó declarando en favor de Zamora. Esa prueba no fue tenida en cuenta por el Tribunal Octavo de Sentencia Penal, por lo que la defensa del periodista apeló la decisión.

“Entre las solicitudes del MP en este proceso, estuvo no solo mi captura sino también el acceso a las cuentas bancarias tanto del periódico como las personales; a las finanzas de mi tía Marina, fallecida en 2008; de mi madre, muerta en 1995; así como a las auditorías y estados contables de Aldea Global (empresa creada para el manejo financiero y administrativo de elPeriódico). No lograron encontrar nada, pues he sido objeto de escrutinio desde hace décadas e incluso hay informes de las oficinas antilavado e impuestos del gobierno que así lo certifican año a año. Pero el juez decidió que toda duda se resuelve en favor de la Fiscalía, y aunque el fallo afirma que no logró probarse el origen ilícito de los fondos, tampoco se logró probar que estos fueran lícitos, y por ello me condena”.
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“En mi caso ha habido fiscales y jueces que se pueden dividir en dos: los peleles y los sádicos. Los primeros me dejan hablar, pero no tienen en cuenta mi defensa ni mis argumentos, se dejan llevar por un poder corrupto y opresor. Los segundos, en cambio, son sádicos en el sentido clínico más estricto, y están encabezados por la fiscal Consuelo Porras, el fiscal Curruchiche, el juez Orellana y otros: son sociópatas que disfrutan del dolor ajeno y ejercen su liderazgo para maltratar a las personas”.
Desde la prisión, Zamora se las ha ingeniado para escribir artículos que no siempre ven la luz: “Por consejo de mis abogados, mis hijos me censuran, cosa que nunca me había sucedido en la vida”; hace ejercicio en el pequeño espacio que fue acondicionado como corredor de camino a su bartolina apenas hace unos meses, cuando lo visitó una misión de organizaciones internacionales de libertad de prensa; y lee con voracidad los expedientes de su caso y los libros que le traen sus amigos cada martes y sábado, cuando tiene acceso a dos visitas en la mañana y dos en la tarde.
Ansía salir de prisión. Mientras lo hace permanece sereno y fuerte (“aunque no tanto”), y se felicita porque “el costo que estoy pagando es mínimo para quitarle el disfraz a esta dictadura cleptonarcomultipartidista que nos gobierna desde 1982”.
Ve el proceso electoral a distancia, mientras recuerda que tiene una orden de restricción solicitada por Sandra Torres, candidata del partido UNE, quien estuvo detenida por corrupción, y considera que Bernardo Arévalo, candidato del Movimiento Semilla, “es un cambio, es honrado”.
José Rubén Zamora espera que llegue la fecha que le fijó el juez para su prisión domiciliaria, con la certeza de lo que hará: “Primero, besar a mi familia, luego irme a un hospital, y después mirar de qué voy a vivir porque lo he perdido todo”.
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