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Dos cartas sobre la nueva legislatura y el metro de Bogotá

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Una esperanza de que las cosas puedan mejorar

Quizás la mejor manifestación de acierto y apreciación por la opinión pública tiene que ver con el detalle de que el presidente Petro se haya quedado a oír a la oposición en la reciente instalación del Congreso. Detalle no menor, en circunstancias de tan arraigada polarización.

Automáticamente nos lleva a compararlo con el desdén ejercido por su antecesor inmediato. Un simple detalle de ese talante cualifica la condición humana, que indudablemente podemos sentir los colombianos. Irse sin escuchar a la oposición no es un desplante practicado a una persona, es el desprecio a millones de personas representadas en las ideas contrarias.

Por eso esta iniciación del nuevo periodo legislativo marca quizás una esperanza de que las cosas puedan mejorar, para bien de Colombia, a pesar del pesimismo por los pocos resultados y mucha retórica hasta ahora obtenidos, y a pesar de la sensación abrumadora de que el presidente anda en las nubes y no logra aterrizar. Como bien lo decían los analistas, falta el cómo…

Se ve, sin embargo, una disposición del presidente Petro a buscar acuerdos que en hora aún oportuna puedan cambiar el rumbo para unos resultados más deseables. Hay que aprovechar.

Los resultados económicos plantean al parecer algún optimismo, pero no así los de seguridad. Hay que trabajar duro en ellos. La movilidad en las vías públicas se ha convertido nuevamente en factor de incertidumbre, como en los tiempos de Pastrana.

La falta de autoridad y más bien el apoyo a los forajidos se constituyen en abono indiscutible y allanamiento de la vía para la llegada de una extrema derecha representada y quizás bien aprovechada por la Sra. Cabal, quien, hay que decirlo, estuvo brillante en su intervención.

Que venga lo mejor para Colombia en esta nueva etapa.

Nicodemus Fernández.

El presidente y el metro de Bogotá

Una vez más se ve cómo al señor presidente Petro le sobra orgullo y le falta capacidad de razonar. Un metro que ya está contratado con expertos en metros elevados y no subterráneos no se puede echar para atrás. Eso implicaría unos costos enormes para la ciudad, solo con el ánimo de satisfacer un capricho más. Ahí se ve que Colombia es la novia de un soñador, que solo vive de lanzar ideas ilusas y nada más, mientras tiene al pretendiente perfecto, el que gerencia y ha mostrado con hechos lo que sabe hacer por la ciudad, pero por prejuicios de apariencia prefiere la voz al oído del que le pinta pajaritos en el aire.

Edilma Sanabria.

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