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EN MEDIO DEL CALOR VALLECAUCANO, en Buga, cuyo centro histórico fue recuperado y bien vale la pena caminarlo, para llegar por el eje del Parque Simón Bolívar hasta la Basílica del Señor de los Milagros, que guarda tantas peticiones y promesas, Mariana Garcés, la ministra de Cultura, pasó al tablero.
La rendición de cuentas que realiza cada ministerio es una suerte de ritual legal que ahora tiene dos características: por un lado, se programan fuera de los salones cerrados de la Casa de Nariño, para realizarlas públicamente en regiones significativas donde se pueden mostrar resultados de impacto afines a los propósitos trazados, y la otra novedad es que, dado el escenario de la reelección, Santos pidió que el informe de ejecuciones no fuera anual, sino de los cinco años de administración, con lo cual se logra vislumbrar un escenario macro. Con esta decisión, distintos sectores y las comunidades beneficiarias con las políticas y los presupuestos del Gobierno fueron invitados. Al final cada ministro, en una desafortunada y prosaica replica gigante de un cheque, suscribe públicamente con su firma y la solidaria del presidente de la República su compromiso principal en los siguientes tres años.
El evento de Buga lo presidió un Juan Manuel Santos tranquilo y relajado, ajeno al castigo trimestral de las encuestas, sin duda contagiado de esa generosidad de la gente de provincia que recibe sin rencores ni prejuicios lo que les llega, una gratitud ciudadana que alienta a los gobernantes que viven sometidos a las presiones de la tarea de gobernar. A su lado, Mariana Garcés, firme y directa, una ministra que no conoce la zalamería y que para el efecto invitó a una gama variada de actores culturales para que, con la magia de la música, la sabiduría de personajes autóctonos como la negra Maura, “la cocinera mayor del Pacífico”, y la voz potente de la cartagenera Cecilia Silva interpretando la cumbia Violencia de José Barros, se diera el ambiente propicio para soñar en grande. La ministra lo hizo cuando escribió su compromiso: que los colombianos pasen, en el 2018, de leer 2 a 3,2 libros al año.
El eje seguirá siendo el programa “Leer es mi cuento”, al cual el ministerio le ha invertido el 37% de su presupuesto de inversión, duplicado durante el gobierno de Santos a $407.000 millones. Para lograr la meta se proponen construir 100 nuevas bibliotecas, capacitar a 1.800 bibliotecarios cuyo trabajo debe ser salvaguardado de la tentación de los alcaldes y gobernadores de volverlos puestos políticamente negociables, y entregar otra tanda similar a los 12’100.000 libros que ya se distribuyeron en todo el país. Son muchos libros.
Difícil no acompañar un propósito que reivindica la lectura y su relación con el goce, el aprendizaje y el conocimiento, insustituible en su capacidad para poner a volar la imaginación, al igual que el buen cine, donde Colombia empieza a brillar. Una meta ambiciosa que, además, y tal vez por eso me gusta, va en contravía de los pitonisos fatalistas que dan por enterrados los libros, arrasados por las tabletas, los kindles y el efímero mundo digital, enemigo indiscutido de la memoria de las emociones que nos deja un buena libro, el fiel compañero.