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EN LA INTIMIDAD FAMILIAR, EN MEDIO de cualquier actividad u ocio en que uno se encuentre, un grito llama a no perderse la telenovela de turno: ¡La Monja!; como fue otro en su momento: ¡Mata!, cuando se trataba de la serie del Doctor Mata, un documental de época o también: ¡La Ronca! Esta última, la vida de Helenita Vargas, con autos mal reconstruidos y regulares canciones en imitación.
Todos han sido seriados bien hechos, unos mejores que otros y hay que seguirlos —aunque no todos, el de Diomedes no lo sigo— si uno quiere compenetrarse con la actualidad y con el sentir común.
Una línea inalterada, aun tratándose de la vida de una santa, es la intención de los libretistas de hacer quedar mal, muy mal, a la iglesia en sus pastores. En general, parece delicioso llevarlos a las tablas con sus ornamentos exagerados e impropios y, la verdad, resulta fácil contrastarlos con la modernidad, la libertad y el altruismo.
Cierto es que con el fin de dibujar caracteres en escena han de reteñirse los aspectos negativos, entre otras razones porque así lo exige la izquierda literaria que prevalece. Pero al menos se pediría que la utilería fuese cuidadosa. Nunca nadie ha sabido representar a un eclesiástico ni en sus sotanas y bandas, ni en los alzacuellos mal inventados ni en los bonetes de picos, que les instalan a los actores de medio lado. Cómo se ve que les falta a los utileros la asesoría de algún seminarista, que los hay a porrillo.
En el caso Laura la época del diecinueve está exageradísima. No puedo creer que las niñas fueran a clase con sombreritos de fiesta ni sus maestras a la usanza de la Pompadour, con faldones y guardainfantes. Bien por las bellas carrozas, por las casas, calles y locaciones.
Capítulo aparte merece la hermosa actriz Julieth Restrepo, que imagino desaparecerá a medida que avance el relato y la santa deba verse con la gordura mórbida que padeció en la madurez de sus años. Recuerdo que mi madre alcanzó a mencionar a la que es hoy santa de los altares como “lauramontoya”, así ligados nombre y apellido y dicho con acento paisa, de quien fue a poco contemporánea.
No sólo a la iglesia jerárquica se le carga la mano en la producción, sino a la derecha política, a la que es manido atribuirle el protagonismo único de la violencia. Con caracteres extremos avanzan los productores de estos seriados, exagerando, exagerando, hasta deformar la historia.
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Leí de un articulista, cuyo estilo admiro, que los gobiernos de los López, los Gómez, los Santos y los Uribes ( sic ), son los responsables de que exista la guerrilla como que fueron anteriores a ella. Gobernaron en su tiempo, sí, y protagonizaron refriegas democráticas, pero la verdadera intención que ahora se tiene es la de deslegitimar al Estado, así como la de reinventarse la historia.