Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
La semana pasada mi ciudad estuvo de moda. Y hubo muchos cuerpos sobre pasarelas. Para todos los gustos. O mejor para el único gusto que poco a poco nos venden: hombres con abdomen plano y tantos tatuajes. Y mujeres famélicas, de cabellos largos y largas piernas a las que, como ganchos, les cuelgan prendas.
Dejaré los hombres guardados en el vestier temporalmente. Hablaré del cuerpo femenino. Finalmente “lo que más vende” —o más compran, realmente— son las féminas. Y la semana pasada, fueron centro de atracción: unas desfilando sobre pasarelas; tantas otras, modernas, hermosas, tan chics, pendientes de esas que van por tarimas céntricas; tantitas, más allá, suspirando porque no pueden ir, justo ahí, a exhibirse donde están puestas las cámaras y las miradas; y otras ya comenzaban a acariciar el proyecto —su proyecto de vida— de pararse allá, como ellas, más adelante. Cuerpo objeto y expresión de deseos. Cuerpo que vende anhelos. Que se compra. Para todos los gustos. Cuerpos al por mayor y al menudeo. Dicen que a la salida de esos eventos, hay otros afuera de hoteles y de bares donde van visitantes que vienen a comprar telas, y ropas. Quizá surjan otros intereses pasajeros. El cuerpo de y en estas ciudades ha ido transformándose. Adaptándose a los tiempos, dirán otros. Hubo unas épocas en que era templo del alma: incluso mirarlo demasiado fue considerado pecaminoso por tantas religiones. Bueno, en algunas sigue siéndolo. Luego hubo otro con renovadas miradas: llegada la Modernidad, el cuerpo pasó a considerarse un sinónimo de salud; de ahí que el cuerpo de los atletas —de nuevo— fuera considerado punto de referencia. El cuerpo pasó a ser reflejo de un estado mental saludable: mens sana in corpore sano. Hasta sacerdotes más progres invitaban a practicar sport para aliviar el alma. Los empresarios incentivaron torneos para disfrute del tiempo libre. Los deportistas lucharon por competir, por ganar, pero también por mostrar una anatomía tan perfecta. El cuerpo masculino podía exhibirse sin tantos pudores. Vendrían otros tiempos. Ahora el cuerpo femenino se roba más miradas. Muchos prefieren unos más esbeltos, como los de las actrices de cine, con caderas anchas, con pechos voluptuosos (finalmente somos seres biológicos en busca de reproducción); en las pasarelas las quieren más livianas, quizá más maleables y adaptables a las telas. Pero el foco está sobre las damas. El cuerpo femenino se adapta y se hizo más alcanzable. Y entonces se le entregan tantos esfuerzos en detrimento de otros asuntos, que quizá no salten tan pronto a la vista. Y hay un cuerpo que está aún más presente en los medios. Es uno con todos los atributos que exigen estos tiempos: piel canela, pechos voluminosos, alargadas piernas y gruesas caderas. Es el de Juliana López, universitaria, modelo, además deportista y ya presentadora, con tantas cámaras sobre ella. Juliana muestra en sus fotografías que ha luchado por alcanzarlo. Acepto que la he mirado mucho esta semana. Lo he hecho con otros ojos: pienso en ese cuerpo grácil, vital, hermoso, tan trabajado que está a punto de quedarse guardado en una remota y fría celda. Y me pregunto si ciertas luchas de algunas mujeres hoy tienen tanto sentido.