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Murió sobreviviente más viejo de Armero

El Espectador visitó hace dos semanas al anciano, quien falleció por cuenta de una avanzada desnutrición. Sus exequias fueron ayer.

27 de noviembre de 2011 – 04:00 p. m.

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El sábado a las 2 y 30 de la tarde, el cuerpo agotado de José Domingo Valencia, de 107 años de edad no resistió más. El anciano murió en su casa de Venadillo, Tolima, acosado por los años, la soledad y una desnutrición avanzada.

“Amo la muerte, ella es mi único recurso”, repetía José Domingo varias veces, en medio del llanto.

El Espectador viajó hasta Venadillo para conocer su historia: Cuando tenía 15 años, José Domingo Valencia Arredondo, salió de Miranda (Cauca), su pueblo natal en busca de libertad y nuevos horizontes. Dejó a su familia, y en compañía de un amigo, viajó hasta llegar a Armero (Tolima), un pueblo pujante, que en la época era prometedor.

Quienes lo conocieron lo recuerdan como un moreno espigado, alto, elegante, bien plantado y de buen trato, pero siempre solitario, que comenzó a trabajar en agricultura y ahorró hasta que pudo establecer su propio montallantas, en la calle 12 cerca a la avenida principal.

Con este oficio logró tener una vida holgada y sostenerse. Gustavo Prada, líder de la Asociación Casa Armerita, lo recuerda como un hombre muy fuerte y ágil para los negocios. “Bajaba unas llantas tan grandes como las de los tractores, las despinchaba, y si eran viejas e inservibles él les daba uso. Les sacaba las piezas y tubos de caucho y hacía artículos de amortiguación para carros modernos, bebederos para el ganado, suelas para sandalias y los vendía con éxito” señala.

Sobrevivió a la tragedia del 13 de noviembre de 1.985, en la que Armero fue borrada del mapa, por la avalancha provocada por el deshielo del nevado del Ruiz. Increíblemente, este anciano recuerda cada evento y con una coordinación y expresión extraordinaria, relata lo que sucedió esa noche: “Yo vivía en el barrio El Mango, estaba solo, y el lodo llegó solamente hasta la puerta. Me aterró el estruendo, la caída de objetos, los gritos y lamentos de las personas, pero a mí no me tocó. Mis hijos sí se fueron al hoyo porque estaban en el centro del pueblo,” señaló.

Domingo nunca estudió se dedicó a trabajar desde niño y aprendió a leer y a escribir por su propia cuenta. “Me gustaba Teodoro de Tarso y también todo lo relacionado con la medicina natural. Yo aprendí mucho de eso y por eso recetaba a la gente con mucho acierto”.

En su adolescencia se enamoró de una médica que tiempo después lo dejó por uno de esos tantos extranjeros que llegaron a Armero en busca de oportunidades económicas. “Con ella yo aprendí mi sexualidad, me enseñó el amor pero un día llegó un turco y ella se fue con él. Nunca más me enamoré. Ella fue el amor de mi vida” cuenta. Tiempo después tuvo dos hijos.

Para José Domingo, quien aparecía, demacrado y esquelético (según el médico Christian Cáceres, del hospital San Rafael, de Venadillo, por presentar un alto grado de desnutrición), su larga vida se debió a que “repugné la parranda, el trago, y fui medido con las mujeres”.

Sus vecinos del barrio Armero dicen que hasta abril de este año, unos días después de su cumpleaños número 107, José Domingo era un hombre lleno de energía, trabajador y se valía por sí mismo.

Sin embargo, un dengue que lo atacó y no fue tratado debidamente, le mermó su vitalidad. Desde entonces estuvo casi inmóvil. Pasaba las horas sobre su cama, en una humilde habitación en la casa que construyó con algunos recursos que le dio el fondo Resurgir. De vez en cuando sus vecinos lo montaban sobre una silla de ruedas, para que tomara el sol, aunque prefería no moverse porque hacerlo le causaba un dolor intenso en su brazo y mano derecha, que se notan muy hinchados, al parecer por un golpe que sufrió. Valencito, como lo llamaban cariñosamente, vivía de la caridad de sus paisanos…

De pronto, de nuevo, varias lágrimas rodaron por sus mejillas descarnadas, pero seguía respondiendo a los interrogantes: ¿recuerda su fecha de nacimiento?: “nací el 23 de abril de 1904, y tengo 107 años e incluso hasta recuerda perfectamente el nombre de su mamá. “Mi mamá se llamaba Vicenta Arredondo”.

Se rumora en el barrio que José Domingo tiene algunos ahorros, además de dos casas, y que con ello paga para obtener sus alimentos y recompensar a Rocalina Robles, una señora que lo cuidaba.

El caso de José Domingo es reflejo de la situación de cientos de miles de ancianos en el país que viven en el completo abandono.

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Hace tres semanas, un grupo de armeritas visitaron la oficina de Acción Social y dieron a conocer la situación de un número indeterminado de ancianos abandonados a su suerte y a quienes les ha tocado sobrevivir a una tragedia tal vez peor que la que vivieron el 13 de noviembre de 1985.

“Valencito es nuestro emblema, es una institución y pedimos al gobierno que lo saque de este dolor, de esta penuria y le compense ser damnificado de Armero y tantos años de trabajo y de amor hacia la gente”, dice Gustavo Prada, cabeza del grupo.

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