Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Ovidio no sólo se presenta ante los jóvenes como su maestro en el arte de seducir; también lo hace ante las mujeres, a las que invita a leer las instrucciones que integran el tercer libro de El arte de amar, la primera obra erótica de nuestra era. “Vírgenes, sigan el ejemplo de la actitud ardorosa de las diosas y ofrenden sus beneficios a quienes las admiran”, es lo primero que les dice, con el ánimo de que no lo olviden.
A partir de esa premisa arrancan las enseñanzas para gustar a los hombres y retenerlos. Da instrucciones sobre higiene personal, manejo de encantos, qué mostrar y qué no, enjuagues bucales, color de los zapatos según la ocasión, manera de consumir alimentos sin perder la elegancia y control sobre el vino para no caer en la vulgaridad de una borrachera. Ovidio da consejos que bien podrían trasladarse a la modernidad. “Es necesario que tu amante no vea los envases de cosméticos en tu tocador: el arte solamente hermosea si se oculta. A cualquiera le podría desencantar ver las cremas con las que te embelleces la cara”.
Pero también da consejos que, con toda seguridad, no aplican para estos tiempos de destape, como el de invitarlas a cubrirse con un chal si tienen los pechos demasiado grandes. Las instruye, además, para que calmen sus ímpetus violentos del carácter con el argumento de que perjudican su atractivo físico. Salirse de casillas es para el maestro la peor deformación del rostro. Y entrando en materia de intimidad, las convoca para mantener viva la llama del amor con algunas argucias: “haz que ruegue y golpee enojado tu puerta, que plantee exigencias y pierda la paciencia (…). Los maridos no aman a sus esposas por poder disponer de ellas cuando lo desean”. Las invita a sentir, a entregarse en plenitud al hombre elegido: “En el amor, la mujer debe estar tan acalorada como el hombre y, de esa manera, los dos se repartirán el goce por igual. Y si a alguna de ustedes Venus le negó la sensualidad de los placeres, entonces a fingir”.
Ovidio, en el primer siglo de nuestra era, entendió la diferencia entre la fuerza volcánica del sexo y la fuerza creativa del erotismo. Pintó el fuego original del instinto en la estirpe de los primeros hombres como la fuerza bruta del cuerpo sometiendo la fantasía, y descubrió la magia del erotismo en la pasión, como fuerza capaz de endulzar el instinto salvaje. Es aquí donde el hombre y la mujer tuvieron plena conciencia de lo que tenían que hacer en comunión.