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Una generación de descastados

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CUANDO PARECÍA QUE CIERTOS males inveterados de la nación colombiana comenzaban a ver una salida posible y esperanzadora en el escenario siniestro que durante tantas décadas ha sido el país, me entero de un mal nuevo que ha comenzado a germinar en nuestro suelo o, mejor, más allá de nuestras fronteras: se trata de la moda, entre la clase alta, de llevar a nacer allende las fronteras a los hijos.

No es que se encontraran de viaje los padres y se hubiera adelantado el parto, ni que uno de los dos padres fuera extranjero y hubieran tomado la decisión de irse a su país de origen porque encontraban más cómodo el parto del lado de allá. No, eso hubiera sido inevitable en el primer caso y respetable en el segundo. Consiste la nueva tendencia de las familias adineradas en que la madre, en un estado ya avanzado de gestación, viaja a otro país —que considera digno y elegante y mejor— para dar a luz y para, de paso, regalarle al niño el día de su nacimiento otra nacionalidad; aquella que ese destino cruel y contumaz quiso negarles a los padres, castigándolos además con el doloroso sino de haber nacido en Colombia.

Todo eso es lo que de manera tácita nos cuenta la decisión de esos padres enamorados de los encantos de los países extranjeros; esos en los cuales se puede nacer y se puede aún tener esperanza, y en los que, además, se tiene un pasaporte decente que no debe mancharse con el oprobio de las visas. Pero esta decisión de quinta categoría dice más todavía del carácter de los padres: no sólo muestra de manera muy patente (y hasta patética) el arribismo cínico y desvergonzado de los progenitores, y la falta de clase de unos padres que, con el viaje de nacimiento, pretenden otorgarle al hijo lo que la naturaleza tan cruelmente a ellos les negó, sino que muestra también, una vez más y bajo un nuevo atuendo, la irresponsabilidad de la que desde tan antiguo y de tan variadas maneras las clases pudientes de este país han hecho alarde.

Quien me contó la nueva costumbre —de la cual supo por una amiga que había decidido dar a luz en otro país— coincidió en que la decisión era de quinta, sí, y en que delataba el arribismo de los padres, pero luego sostuvo que cada quien debía hacer lo que quería y velar por sus propios intereses. Que si los padres podían permitirse ese lujo y ese gasto de tantísimos millones de pesos —que es lo que cuesta la maniobra— que por qué no iban a hacerlo. Ése, a mi juicio, es precisamente el problema: que el entramado social de la nación colombiana está terriblemente deteriorado y que viejas palabras como responsabilidad o solidaridad —y hasta dignidad—, que bien haríamos en rescatar y poner de nuevo en práctica, hace mucho dejaron de aparecer en la vida de nuestros ciudadanos; si es que alguna vez existieron en este país aquejado por tantos males.

Resulta evidente que cuando se viaja en un barco y éste tiene averías la decisión más inteligente no es saltar por la borda porque entonces termina de hundirse la nave. Esto es evidente y es muy fácil de comprender, pero para hacerlo se necesita aquello que nunca han tenido las élites de este país: entereza, responsabilidad, ética, dignidad y decencia.

@Los_atalayas

atalaya.espectador@gmail.com

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