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Rehacer en la ciudad

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Sí, milagro, pero también silencio. El milagro bogotano de nuevas costumbres, movilidad y reducción del crimen convivió con la desaparición del Cartucho y de sus protagonistas. Con campañas de limpieza social, con el hacinamiento de familias expulsadas de otras partes, en la Bogotá que es Soacha.

En el milagro barranquillero bullen mejoras visibles, pero no se dice nada sobre desigualdad pulpita, cotidiana (sobre la vida en Malambo o Soledad, los arroyos, las electrocuciones). La mejora búcara olvidó que su clase dirigente actual pactó con el Bloque Central Bolívar. La década medellinense (pese a sus éxitos e innovaciones) coexistió con tantos entierros de tantos hombres pobres. ¿Cómo pensar en estas ciudades si sus proyectos son contradictorios y las experiencias varían tanto de barrio en barrio (e incluso dentro de cada barrio)?

En un trabajo largo sobre la ciudad africana, el profesor AbdouMaliq Simone no estudia barrios ni instituciones, sino que persigue personas y grupos que se asocian a través de la ciudad. Encuentra, por ejemplo, dinámicas de invisibilidad en las que grupos se hacen invisibles o cambian su identidad según el interlocutor. Una organización comunitaria en Cúcuta, con espacio para el intercambio de frustraciones y rebeldías, se disfraza de Junta de Acción Comunal ante la llegada de brigadas paramilitares. Otras son las dinámicas de movimiento en las que, en una sociedad de mucha migración interna, organizaciones se acostumbran a cambiar (llega gente, se va gente) y comienzan a servir como amarras, en las que la gente encuentra comunidad y continuidad. En Colombia, tras los años de masacres y posterior desplazamiento forzado masivo (y de persecución de asociaciones comunitarias y sindicatos) estas anclas podrían ser las iglesias cristianas. Bucaramanga, Valledupar, Montería, Bogotá, Villavicencio, Mocoa, Quibdó. A donde va una familia encuentra una sede Adventista del Séptimo Día. Organiza su semana alrededor del sábado. Participa políticamente de la mano del Avivamiento o la Misión Carismática.

En vísperas de las elecciones más locales, vale la pena pensar en las dinámicas de informalidad. Esto sin ánimo de romantizar, pues la vida en las áreas metropolitanas de Colombia, lejos de donde se nació y sin contratos ni certezas, es difícil. Sin embargo, es en las historias de informalidad donde quizá se pueden encontrar algunas claves del presente.

A inicios de la década de los 90 se promovió la participación ciudadana en la vigilancia a las empresas de servicios públicos. Los interesados tenían derecho a tomar un curso y a graduarse como Vocales de Control. Tras algunas semanas de clases, los participantes en Barranquilla (principalmente líderes barriales, técnicos y desempleados) aprendieron tanto sobre la ley que comenzaron a entablar quejas y denuncias contra las empresas. Sin explicación (faltando una semana para el grado), el curso se canceló. Varios se aliaron y cobran un pequeño porcentaje por demandar a las empresas frente a cualquier injusticia. Esto coincidió con la toma paramilitar del norte y con la llegada de millones de familias a la ciudad. Muchos “técnicos de la ley” fueron amenazados y se retiraron, pero otros continuaron demandando en alianzas temporales con abogados varados. A la larga, algunas de los cientos de demandas de estos trabajadores informales fueron sentando precedentes. Lograron que, en Bogotá, se cambiaran pedacitos de la ley.

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