Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Una historia de las confesiones de ‘paras’ en Justicia y Paz, en la que por primera vez hablan sus protagonistas.
Manuel (*), de casi 9 años, habla poco y por momentos responde en monosílabos. A tan temprana edad su vida ya cambió dos veces abruptamente. Dice que ya no le gusta el vallenato ni el suero (costeño), y ahora su equipo preferido es el Deportes Tolima y no el Atlético Nacional, como hasta hace año y medio. Cuenta que sigue conservando su pasión por el baile (que aprendió en el que creyó que era su hogar), aunque ahora parece disfrutar más la salsa.
Después de todo lo que ha pasado el niño parece sentirse más cómodo con el nombre que le pusieron cuando nació, aunque cuando alguien habla de Mateo Sierra (nombre que tuvo con su familia adoptiva en Medellín) voltea a mirar y abre los ojos como si lo estuvieran llamando. Incluso, algunas veces firma de esa manera. Su historia y la de su familia son tan dramáticas como las que han vivido centenares de víctimas de la violencia en Colombia, o los hijos de los desaparecidos de las dictaduras en América Latina, que terminaron en manos de personas desconocidas.
Afortunadamente, pese a sus tempranas y profundas heridas, no ha perdido la alegría de la infancia, corretea de un lado a otro en su casa en la ciudad de Ibagué y de vez en cuando hace travesuras. El niño permanece mucho tiempo con su abuela materna, Adelina Chará Pedraza, y cuenta también con su hermana Jesica Torres, quien es enfermera y, además, estudia y trabaja. Aun así, ella trata de estar con él el mayor tiempo posible. Siendo aún tan pequeño, ya tuvo que enfrentar una crisis de identidad al enterarse de que no era quien creyó por cerca de seis años y tras conocer la verdad de lo que ocurrió con sus padres.
Asesinato y confesión
Los verdaderos padres de Manuel fueron el suboficial del Ejército (r) José Harvey Ortiz Lozano y Yudi Patricia Roa. Ortiz, una vez conquistó a su esposa, se volvió muy posesivo con ella y no la dejó trabajar más. Cuando salió del Ejército aseguró que se había convertido en escolta y viajaba constantemente entre Medellín y Neiva. A su casa en Ibagué llegaba en unas potentes camionetas acompañado de hombres extraños. En un viaje en 2003 fue a la capital antioqueña y llamó a su esposa diciéndole que la esperaba en esa ciudad. El 5 de octubre, después de un fuerte aguacero en Ibagué, ella partió hacia las 10:00 de la noche con el bebé.
Aunque su madre Adelina y su hija Jesica trataron de disuadirla, ella insistió en que debía ir. A la una de la madrugada del 6 de octubre Yudi Patricia llamó a su mamá y le dijo que el niño estaba llorando. La siguiente y última llamada la hizo la joven madre desde Medellín. Aseguró que estaba en la terminal de transporte y nadie la había ido a recoger. Su mamá le pidió que regresara a Ibagué y que ella le pagaría el pasaje.
Esas fechas coincidieron con el cierre de corte de la factura del celular. Como no hubo pago, la empresa cortó el servicio. En los meses siguientes Adelina marcó constantemente, pero el teléfono estaba fuera de servicio. Sólo hasta el diciembre siguiente respondió un hombre. “Se escuchaban muchas voces masculinas y yo pregunté por mi yerno y me respondió que él no sabía nada”. Luego comenzó a recibir llamadas en el teléfono fijo de su casa preguntando por alguien que supuestamente iba mucho allá y que era del Ejército. “Soltaban la risa y colgaban”.
Fueron casi seis años de incertidumbre sobre lo que había ocurrido con la pareja y el bebé. Y fue hasta que los ex jefes paramilitares Hébert Veloza, alias H.H., y Daniel Alejandro Serna, alias Kener, ante la Unidad de Justicia y Paz de la Fiscalía confesaron lo que había ocurrido con los esposos y el pequeño. Señalaron que el ex suboficial del Ejército y su esposa habían sido asesinados y enterrados en fosas en cementerios de Angelópolis y Caldas, Antioquia. Sin embargo, sobre el bebé dijeron que estaba con vida en poder de una vendedora de chance del municipio de Bello, a quien lo habían entregado.
“Mi bendición”
Oriunda de Sincelejo, Sucre, Nelsy Sierra Mercado emigró a Medellín para buscar un mejor futuro. Sin posibilidades de tener un trabajo estable, buscó empleo en la informalidad y se dedicó a la venta de chance en el municipio de Bello. En su actividad diaria, en octubre de 2003, se enteró, por medio de una amiga, de que los paramilitares tenían en su poder a un bebé que iba a correr la misma suerte que sus padres. Es decir, iba a ser asesinado. Solicitó entrevista con un comandante de las autodefensas conocido como Julián y le planteó la posibilidad que se lo entregara a ella.
Aunque renuente, el ‘para’ puso como condición que no podía contar nada de lo ocurrido so pena de que ella o su familia sufrirían las consecuencias. Nelsy no tenía hijos y vivía con su hermano Dionisio y un hijo de él, apenas unos meses mayor que el bebé que acababa de recibir. Con la nueva situación Nelsy aprendió costura y comenzó a ganarse la vida haciendo confecciones. Al niño recién llegado lo crió con las costumbres que aprendió en su natal Sucre.
“A él desde pequeñito le gustó el pescado y el arroz con coco, el queso y el suero”, asegura. Cada año lo llevaba de vacaciones a Sincelejo y allá él aprendió el amor por los animales, el vallenato y el baile, gusto que fue reforzado por uno de los hermanos de su madre adoptiva, que es músico. Su canción preferida durante mucho tiempo fue Esta vida, de Jorge Celedón. Por aquellos años incluso fue a conocer el mar. Mientras tanto, en el colegio en Bello fue un destacado estudiante y brilló por el orden en sus cuadernos y la presentación en sus tareas.
“Él era muy expresivo y alegre. Hablaba mucho con mi hermano y con el otro niño. Quisiera decirle que él es mi bendición, lo más hermoso que me pasó en la vida. Le salvé la vida y si se devolviera el tiempo lo haría de nuevo”, dice. En mayo de 2009 agentes del CTI de la Fiscalía llegaron hasta la casa de Nelsy a recuperar al niño, luego de la confesión de los ex jefes paramilitares. En ese momento el pequeño no estaba en el que hasta ese día fue su hogar. Estaba recibiendo clases de música en un instituto cercano. “Siempre llegaba a tiempo a recogerlo, pero ese día con la Fiscalía estuve más tarde y me dijo: ‘Te extrañé mami’, eso no lo olvido nunca. Si lo que hice con el niño fue un delito, lo volvería a hacer”, asegura Sierra con la voz entrecortada y en medio de lágrimas.
En los años que el niño se convirtió en su hijo y compañía, Nelsy sostiene que muchas veces cuando él se iba quedando dormido le anunciaba que algún día iría a conocer a sus abuelos y le contaría la verdad. Precisamente, el día que fue por él con los investigadores de la Fiscalía le dijo que el día del que tantas veces hablaron había llegado. La última vez que lo vio fue en Bienestar Familiar, en Medellín. Ese día el niño le entregó una nota en la que le decía que esperaba que pronto pudieran volverse a ver.
“Ahora que se acerca su cumpleaños (12 de diciembre), sólo quiero decirle que deseo que cumpla lo que algún día me prometió. Que iba a estudiar hasta convertirse en un profesional y comprar una casa donde íbamos a vivir juntos. En medio de todo la familia de él no puede olvidar que también nosotros somos víctimas de lo que pasó. Quiero que él sepa que lo sigo esperando y que en Sincelejo lo esperan la vaca, el burro y su bicicleta, y aquí un arroz con coco y pescado”. Para terminar, Nelsy sostiene que “la mamá que Dios le dio” le envía muchas bendiciones y espera que la familia del niño al menos les permita hablar por teléfono en una oportunidad no muy lejana, que ella aguarda con ansiedad.
Esperando la reparación
En la casa en la que vive en Ibagué, desde que fue entregado a su familia a mediados de 2009, Manuel aún conserva la foto del niño que se convirtió en su primo y hermano. Jesica asegura que cuando él llegó aseguraba que se quería devolver, pero ahora dice que la quiere mucho al igual que a su abuela. La joven sostiene que por ahora no sería conveniente que él vuelva a ver a su familia adoptiva y menos cuando ya ha ido superando la depresión y el llanto de los que sufrió al principio. “Él creó esos lazos fuertes con ella, pero ahora me dice que no la quiere, que por qué esa señora le dijo mentiras”. Por eso sólo Jesica ve viable esa posibilidad cuando él tenga 18 años y pueda decidir por sí mismo.
“No quiero volver a pasar por esto. Ya mi mamá y mi padrastro están enterrados y no quiero perder a mi hermanito. Además, el niño dice que a veces le tocó esconderse debajo de la cama con la mamá y me ha contado historias de gente despellejada”, afirma Jesica. De Nelsy dice que no le guarda rencor, aunque debió entregar el niño mucho antes y no cuando él ya estaba en uso de razón. Para Jesica la incertidumbre no ha desaparecido y asegura que varias veces ha visto vehículos sospechosos cerca de su casa.
Mientras espera la reparación a que su familia tiene derecho, sostiene que no ha recibido ninguna ayuda del Gobierno y apenas hasta ahora el niño será afiliado al régimen de salud, luego de una tutela que interpuso, aunque fue fallada en su contra. Después de eso Bienestar Familiar sólo ha ofrecido tratamiento psicológico para el pequeño. “Aquí el Gobierno les da subsidios a los ricos y en otros países asilo a gente que ordena ‘chuzadas’, pero a nosotros, las víctimas de la violencia, no nos dan nada. Espero que al menos nos cumplan con la beca que nos prometieron para el niño”.
(*) Nombre cambiado por seguridad.