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El silencio y el loco

En la Cartagena de Indias anterior a los desplazamientos, el turismo bárbaro, la especulación inmobiliaria, las tragedias por inundaciones, y los crímenes de tres pesos, había un loco manso, el doctor Moré, una cobradora indiscreta, la Carioca, y un cuidador de automóviles, el Tunda.

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Una pobreza apacible imponía su igualdad. Casonas en deterioro lento apenas sostenidas por la ilusión del hallazgo de tesoros de piratas o huacas de comerciantes avaros en los miradores o en los aljibes de agua gruesa y voces ripiadas de fantasmas.

En la bahía sin mercurio y con sedimento de tripas y escamas de pescados circulaban las lanchas con los cocos de San Blas, las lozas baratas para las rifas, las guayaberas de lino de Dublín para las ventas por cuotas, que traían los contrabandistas de baratijas. Alimentaban las ambiciones humildes de un puerto que padeció saqueos y después se entregó a los motivos de la libertad hasta arruinarse.

Tenía un centro sin expertos en historia, urbanismo y santidades. Apenas los voceros fantasiosos del heroísmo y la leyenda: muchachos de imaginería desatada que revolvían a Blas el teso con Claver, un verso del tuerto López y una canción de Machado, una sentencia de la Inquisición y un amorío de Francis Drake en la pensión de Felicita Burgos. Narraban sus historias, por unas monedas, a los foráneos de entonces que esperaban las noches para irse al hotel América a bailar con las orquestas y distraer el tedio de los mosquitos carniceros al atardecer, el suspiro del mar gris y verde de ropa de hospital, la comida de rutina de las pensiones.

Afuera de las fortificaciones estaba la lengua de arena, entre el mar y el lago, del barrio del Regenerador. La ermita de torre agrietada por los rayos. Del otro lado la península que conducía entre casas con alambreras al hotel donde Chocolate Armenteros interpretó cuanto sabía desde las 10 de la noche hasta el amanecer de las garzas y de las sombras de los boxeadores. Y entre las dos el arrabal de Getsemaní con los ecos de sus libertos y los herreros y calafates que vieron evaporarse el ritmo de los trabajos de antes. Un puente lo unió a la isla de Manga donde crecían las bongas retorcidas y gigantes y los marañones cuyas semillas al asarlas llenaba el aire de la tarde de un aroma inolvidable.

El crecimiento de cangrejo poco a poco se extendía. Barriadas en las cuales cada fin de semana se jugaban partidos de béisbol. Patios cerrados donde se boxeaba en secreto. Una gallera.

El loco Rubén Moré caminaba, vestido con chaqueta, y llenaba los bolsillos de papeles en los que escribía poemas, pensamientos, aforismos. No se metía con nadie. La locura era entonces una condición de la vida. Él se recogía, igual que la ciudad, apenas el crepúsculo carbón envolvía la luz y se desvanecían los murmullos y la estridencia de un pájaro marino extraviado.

La Carioca terminaba su jornada de cobranzas con vales de borrachos. Se los daban los chinos de los restaurantes que revolvían comida cantonesa y mandarín y a quienes les flaqueaba su paciencia inagotable. Y las administradoras de los reductos de felicidad en las orillas de las ciénegas de las afueras. La casa de las bandidas que no molestaban ni a los curas. Ellos olían a incienso y al olor humano que en el Caribe llaman grajo.

El Tunda y su gordura desparramada gustaba de los jóvenes. Resolvió su vestimenta con apenas un pantalón corto, sin zapatos.

¡Ay que mala maldad¡ No queda nada. Un bullicio. Acordeones desafinadas que no atienden al Joe Arroyo, ni a Sobrino de Caro. Nada de ese silencio de templos, callejas, casonas y fortalezas donde un día, muchas noches, la felicidad fue posible.

* Escritor cartagenero.

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