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Desde que Ricardo Lunari está al frente de Millonarios y tiene en el plantel a Rubén Insúa y Máyer Candelo, rara vez los ha puesto a la misma hora y en el mismo partido.
Se volvió costumbre que Candelo reemplazara a Insúa sobre los 15 o 20 minutos del segundo tiempo. Nunca ha aclarado si lo hace buscando una mayor profundidad y claridad para el grupo, o Insúa no aguanta los 90, o Máyer no dispone de condición física para jugar más de 30.
Sea lo que sea, lo cierto es que ese cambio se ha vuelto previsible, independientemente de como esté el marcador. Generalmente, con Máyer el equipo gana en orden y salida más clara. Pero delante del Once Caldas ni Máyer, y menos Insúa, llevaron la batuta.
En varios pasajes se notó a Millos más lento en el juego que el Once. Los de Manizales, aunque rápidos, tampoco fueron eficaces y perdieron el control por afanados, precipitados. No conocen el freno o la pausa, pero parece que van por buen camino y, eso sí, tienen reacción y no caen en la tentación de esperar o refugiarse en las últimas líneas.
Millos tuvo 10 remates al arco; el Once la mitad, cometiendo muchas faltas. De esos 15 remates, Vikonis no sufrió y su colega, Cuadrado, algo más. El caso es que una estadística fría es reseñar los 15 tiros y otra es averiguar cuáles de ellos realmente representaron peligro o, para usar una frase más elegante, cuántos iban con sello de gol.
No aprecié mucho cambio en este Millonarios del arranque y me parece —al fin y al cabo son casi los mismos jugadores— que le falta algo, un delantero que, si no tiene gol, al menos consiga asociarse con Insúa o Máyer e intente jugar. El Once Caldas pinta bien para el futuro inmediato.