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Pensando estoy en aparentes consignas de trabajo para un futuro alcalde de la ciudad.
Descarto las de atención social, por ser prioritarias y estar siendo atendidas desde administraciones pasadas con algún interés, nunca suficiente.
Pero la ciudad ha de verse bien, digna de sus habitantes. Bien barrida ha de estar, basuras recogidas mediante convenientes arreglos empresariales, pensándose más en el bienestar público que en ideologías políticas. El Estado es mal prestador de servicios, carece de incentivos, pues se trata del dinero público que a nadie importa si se pierde, se malgasta o se roba. En la empresa privada una mínima pérdida hace gritar a la junta directiva.
Cuando digo barrer, me refiero al aseo en general: baños públicos, por ejemplo, pocos hay fuera de los centros comerciales y me pregunto cuándo los habrá en buen aspecto y vigilancia. Orden y ecología en los botaderos de basura y al menos trayectos asfaltados para los carros recogedores; buen estado de estos y no subproductos de otros países, reciclados, con matas que ya nacen entre la mugre y el orín.
Despintar anoté, porque es obligado borrar de la ciudad los grafitis de cuanta puerta y muro está al alcance de la mano. Mamarrachos que no son desarrollo de ninguna personalidad, sino mala educación, de la que se corrige en los niños, cuando se trata de la propia casa; pues bien, la ciudad es la casa de todos, de ocho millones, mal humorados por ver lo desapacible de su entorno. Reservar, diría yo, no más de diez o veinte asomos ingenuos de pintura mural de algún mérito, escogidos por conocedores del tema.
Poner orden, además de lo anterior, es algo que toca más que nada con la seguridad urbana. La policía hay que aumentarla en número, pero, sobre todo, seleccionarla y educarla, pues no basta con pagar recompensas por los delincuentes, cuando no son sus propios elementos, sino con poner a salvo de ellos a la ciudadanía.
En esto del orden cabe, por supuesto, la organización del tránsito automotor, particular y colectivo. Muy difícil tarea. Los autos no caben en la ciudad, ya casi ni estacionados; las bicicletas, alternativa peñalosista, ayudan, pero no les sirven a todos, especialmente a los que no saben tenerse en dos ruedas o a los agripados que no resisten el viento helado; tampoco a los que adquieren una buena máquina que han de perderla al primer atraco o a quienes no pueden mantener el equilibrio entre el barullo de autos, toda vez que las ciclorrutas son discontinuas y aventuradas en los cruces. Ciudad de bicicletas no es ni será nunca Bogotá, azotada por “un cierzo helado” y llovizna continua. Ha habido alcaldes, educados en el primer mundo o calentanos, como hace rato Juan Pablo Llinás, quien quiso imponer cafeterías al aire libre y una sonrisa en los labios de los amargados bogotanos de entonces.
Dicho sea de paso.