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Ese orgullo, que ni siquiera es digno de llamarse orgullo, de quienes se disfrazan de orgullo, pero viven sumidos a la sombra de un favor, se venden por un pasaje, mendigan sobras del poder de los poderosos, ambicionan y reciben sus migajas y en lugar de escoger el camino difícil, el camino digno que elogian en público, eligen ser pusilánimes y ni siquiera lo admiten.

Ese orgullo de aquellos que aparentan ser orgullosos y levantan la voz y miran con furia a los débiles, pero se amedrentan y arrodillan ante los fuertes y a ellos les sonríen siempre, y siempre se riegan en un infinito ritual de amabilidades.

Ese orgullo que es apenas mezquindad y surge de los cobardes y es demasiado cobarde para ser auténtico. Ese pobre orgullo de quienes siempre mienten, y por cobardes clavan puñales por la espalda, y por cobardes son amables, y por cobardes son sinuosos y buscan los atajos y se alían con los mediocres en el reino de las mediocridades, y por cobardes dicen sí y hacen no y venden a los que llamaron amigos y se ufanan de su millón de amigos y te dan la mano y esa mano parece lengua de reptil. Ese orgullo de ellos, tibios, hipócritas, felices, y tan lejanos de aquel epitafio de Idea Vilariño: Nada de cruces. No morí en paz de ningún señor.

Esa pasión de aquellos que ni son dignos de ellos ni de sus pasiones y se arropan con mil cobijas para que la fiebre no se les escape, muy fieles a la educación-amaestramiento del no harás, no desearás, no pensarás, no te rebelarás, no te opondrás, no te atreverás. Se califican como virtuosos, pero sólo son unos tristes cobardes, como sentenciaba un filósofo.

Esa pasión que corroe a los que la reprimen con justificaciones de otras vidas y grandes dioses y bondad y paraíso, y en ese corroerse y de tanto reprimirse explotan con los más inocentes y transforman la pasión de vivir en destrucción, y el crear, en muerte. Esa pasión de aquellos que ni siquiera padecen, pues se han saciado de banalidades y con esas banalidades se conforman.

Esa vida que algunos aseguran vivir y que sólo ha sido existir, transitar, estar y repetir así ocurrió, Dios lo quiso, en lugar de así quise yo que ocurriera. Esa vida de obediencias, venias, halagos, costumbres, horarios, formalismos y fórmulas y de esperar el milagro que jamás va a llegar.

Esa vida, en fin, que es sólo una vida en miles de años y entre miles de millones de vidas, y, sin embargo, pasa y se diluye sin orgullos ni pasiones.

Fernando Araújo Vélez

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas. fernando.araujo.velez@gmail.com
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