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Justo cuando el precio registra uno de sus peores períodos bajistas de la última década, con desplomes como el de este viernes, cuando el referente del mar del norte (Brent) cayó por unos minutos debajo de los US$33, uno de los titanes de la Organización de Países Productores de Petróleo (OPEP) comienza a inquietarse.
Arabia Saudita anunció más acciones en esta semana que en los últimos años. En un lapso de ocho días ejecutó a docenas de militantes, tensó los lazos con Irán y anunció numerosas medidas para una reducción radical del Estado que puede llegar a incluir la privatización del gigante petrolero Saudi Aramco, una de las compañías más grandes del mundo.
Este frenesí de acción, resultado de los precios del petróleo en baja, los cambiantes intereses estadounidenses y una conmoción regional que amenaza a los gobernantes de todo Oriente Medio, parece ser obra en gran medida del príncipe Mohammed bin Salman, el hijo de 30 años del rey Salman, con menos de un año en funciones. Y si bien su ambición de modernización le ha ganado elogios, algunos temen que vaya más allá de lo que puede manejar.
Una de las 47 ejecuciones, muchas de las cuales incluyeron a terroristas condenados y contaron con un fuerte apoyo interno, fue la de Nimr al Nimr, un clérigo chiita y activista que representaba a esa minoría en un reino gobernado por suníes.
En todo el mundo chiita estallaron protestas, especialmente en Irán, donde una multitud incendió la embajada saudita. El Ministerio de Relaciones Exteriores de Arabia envió un mensaje de texto a los periodistas en Riad este domingo convocando 30 minutos más tarde a una conferencia de prensa para anunciar que rompía relaciones con Irán. De esa manera se intensificaron años de enfrentamiento verbal entre las potencias regionales en bandos opuestos de las guerras en Yemen y Siria.
Las alarmas se activaron en Estados Unidos y Europa, ante el temor de que los esfuerzos destinados a poner fin a estos conflictos se vean contrariados. Algunos analistas señalaron, empero, que la medida iba dirigida en parte a Estados Unidos, que el nuevo estilo enérgico saudí deriva del hecho de sentirse abandonado.
“Estados Unidos es y continúa siendo su principal protector de la seguridad”, dijo por teléfono Reva Bhalla, analista geopolítico en la firma consultora estratégica Stratfor de Austin, Texas. Pero el acuerdo nuclear iraní “significó que Arabia Saudita debía hacerse más cargo de sus asuntos, sabiendo que no podía depender exclusivamente de Estados Unidos para apoyar sus intereses”.
Luego estalló la siguiente bomba: el anuncio del príncipe Mohammed, en una entrevista con The Economist, de que una oferta pública inicial en Saudi Aramco podría formar parte de los planes de privatización del reino. Una decisión que se tomará en los próximos meses, dijo.
Definió sus planes como una revolución thatcherista, a la manera de la reforma de la economía del Reino Unido en los años ochenta, diciendo que los inversores privados serán invitados a desempeñar un papel mayor en la salud, la educación y algunos sectores de defensa; se venderán tierras fiscales, y se introducirán impuestos sobre las ventas para los bienes de consumo
El nuevo gobierno está abandonando rápidamente la lentitud que caracterizaba su viejo estilo, dijo Saud al Tamamy, teórico político en la Universidad Rey Saud en Riad.