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La firma de un acuerdo sobre asuntos nucleares no significa que la República Islámica vaya a cambiar de carácter.
Una cierta euforia desorientada se ha hecho presente en algunos sectores del mundo occidental en torno al arreglo de la semana pasada entre Irán y los seis países más poderosos del mundo actual. Muchos piensan que el agitar de banderas en las calles de Teherán significa la celebración de una aproximación a los Estados Unidos y a Europa, como si esa fuese una de las máximas aspiraciones de los iraníes de la calle, y como si no existieran otros motivos de alegría para quienes ven el mundo con ojos persas, con valores y perspectiva propios.
Irán ha sido desde tiempos inmemoriales, mucho antes de la llegada del Islam, una cultura consolidada alrededor de creencias y prácticas que sobreviven en el fondo de su existencia, con la mirada puesta en preocupaciones muy diferentes de las de la sociedad occidental. Su solidez y fortaleza, la idea de su destino y el espíritu de su liderazgo, le llevaron a ejercer enorme influencia en todos los países que le rodean. Tal es el caso de los efectos de su presencia desde el mundo indio hasta diversos parajes del Medio Oriente. Alejado de la marcha de Europa y mucho más de la de los Estados Unidos, que frente a algunas de las viejas culturas del mundo son apenas un jovencito próspero e hiperactivo, las pretensiones hegemónicas de Irán han tenido siempre objetivos que para nada coinciden con los de los pueblos que ven en la llamada civilización occidental un sueño o un paradigma.
No hay que olvidar que una de las razones del fracaso del último Sha fue precisamente su afán de aproximar forzadamente al pueblo iraní a tradiciones y valores occidentales que resultaban exóticos. La contundencia de la reacción de los grupos ancestrales fue el ingrediente esencial del éxito de la revolución que condujo a los islamistas del Ayatola Jomeini al poder. Y eso no ha podido cambiar a lo largo de las últimas décadas, que han sido más bien oportunidad de afianzamiento de los valores tradicionales.
Cuando el gobierno iraní anunció en 2006 que había logrado enriquecer uranio en proporciones incipientes, confirmó la preocupación de la Agencia Internacional de Energía Atómica a raíz del ensamblaje de pequeños reactores para producir electricidad. Entonces se desató una división entre quienes consideraban que había que suspender de una vez, por cualquier medio, el surgimiento de una capacidad nuclear naciente y quienes estimaban que era mejor negociar las garantías del uso pacífico de ese tipo de energía y abrir la puerta a la verificación de los pactos que se consiguieran. La división tenía, eso sí, el denominador común del temor por la producción de armas nucleares en la Republica Islámica.
El acuerdo entre Irán y las que hoy se consideran principales potencias mundiales representa por ahora el triunfo aparente de quienes persistieron en el camino de la negociación. Siguen quedando por fuera, escépticos, quienes jamás aceptaron que esa fuera la forma correcta de hacer frente a la amenaza. El proceso, y su culminación, han hecho en cambio evidentes dos fenómenos dignos de atención: El primero es la presencia alemana junto a los cinco países miembros del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, que muestra una vez más el avance incontenible, y para algunos preocupante, de la nueva Alemania en el escenario internacional; el segundo son las diferencias entre Israel y los Estados Unidos, que contra la tradición más reiterada quedaron en campos no solo distintos sino opuestos, en un asunto de significación mundial.
Los iraníes ganaron con el acuerdo de Viena porque pudieron acabar con el castigo de un bloqueo que les cerraba puertas importantes para vincularse política y comercialmente a los países más significativos del mundo en condiciones confortables, sin los prejuicios y frenos de los marginados, dignos de toda sospecha. Pero, sobre todo, quedan autorizados plenamente para trabajar en paz con energía nuclear. La negociación era, después de todo, el mejor de los caminos para manejar el asunto de su irrupción en el club nuclear, después de un momento en el que, a raíz de la invasión de Irak, creyeron que iban a ser los siguientes en la lista de los países atacados en esa especie de “operación limpieza” que parecía no detenerse. No sabían que la osadía de los halcones de la política norteamericana alcanzaba para atacar con espectacularidad de televisión a Irak pero no a un país que tuviese de verdad instalaciones nucleares.
Los americanos y sus demás socios, tradicionales o de ocasión, ganaron porque en todo caso tendrán una noción más cercana de lo que haga Irán. Podrán visitar las instalaciones y estarán atentos al cumplimiento de lo pactado, en lugar de continuar en la incertidumbre que genera un contradictor cuyo juego es totalmente desconocido. La llamada línea flexible del régimen iraní tendría ahora oportunidad de fortalecerse y con ello, aparentemente, se podría avanzar en el camino hacia una mayor distensión y a la realización de mejores negocios para todos.
Pero no conviene hacerse demasiadas ilusiones en ningún sentido. El régimen, la forma y el espíritu de la República Islámica no han cambiado ni están dispuestos a cambiar. Por el contrario, a pesar de que los nuevos vínculos con el mundo sean en principio oportunidades de cambio, la línea dura se mantendrá alerta más que nunca para preservar el espíritu de la revolución. La insistencia en el propósito de la destrucción de Israel no solo propicia el justo rechazo de quien quiera que esté a la cabeza del gobierno israelí, sino de amplios sectores de la opinión mundial y de todos los Estados que estén dispuestos a exigir el mismo respeto por su existencia y su libre determinación. El eventual apoyo de un Irán económicamente fortalecido a movimientos políticos, inclusive armados, en el Medio Oriente o en cualquier lugar del mundo, no dejará de ser una preocupación por despejar. Todo esto, además de la oposición misma al interior del Congreso de los Estados Unidos, obliga a no esperar demasiado de Teherán.