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El inevitable río

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EL RÍO DEL TIEMPO; EL RÍO DE LOS acontecimientos; ríos de sangre; nadie se puede bañar dos veces en el mismo río.

Metáfora usada del fluir misterioso del agua que, desde que nace, está abocada al destino de llegar inevitable al mar mientras en cada tramo se renueva con otras aguas que caen a su cauce.

Decía el imprescindible Jorge Luis Borges: Somos el río de Heráclito, quien dijo que el hombre de ayer no es el hombre de hoy y el de hoy no será el de mañana. Esta sentencia vuelve ineluctable el cambio y es reiterada antes del siglo IV, cuando la dijo el filósofo-poeta de Éfeso y es mencionada también por Plutarco y Platón .Lo inevitable, la vida y la muerte tienen en el río su espejo.

Y de veras alguien tiene que oponerse obstinadamente para negar el fluir de las cosas, para tratar de impedir el cambio, para no permitir que ocurran los acontecimientos con la fuerza incontenible que traen, hechos que son como las aguas que se suman en el río y van a dar constantes al mar.

Cuando se oyen llover con sus voces los agoreros que tienen la bandera del apocalipsis, sus impermeables advertencias desconocen toda evidencia. Aferrados al mástil que los mantiene en pie con el poder que sostienen, quieren parar el ímpetu de las aguas que los rodean. El procurador Ordóñez y el senador Uribe, líderes del coro que se levanta contra todo posible acuerdo que sume voluntades en Colombia, se interponen al cauce de las aguas que inevitables conducen a la desembocadura.

Aparte de imágenes, el río es fuente inagotable de aguas renovadas, que trae él mismo un sentido a su paso.

Las ciudades en este país están enfrascadas en sus problemas creados y se desentienden de la involuntaria contribución que hacen a ese río grande que nos recorre como país y que si nos supiéramos un organismo vivo, sería a la vez columna vertebral y sistema sanguíneo. El río grande de la Magdalena, ese que pintamos de azul en el cuaderno, brotando del páramo de las Papas, en el Macizo colombiano en el Huila, allí donde nacen junto a él, las cordilleras Central y Oriental y los otros enormes ríos Patía, Putumayo, Caquetá y Cauca. Ese origen nuestro que se formó hace más de tres millones de años y que es todavía un bien cuidado útero de lagunas, páramos y esponjas de agua, de donde salen todos los cauces que desparraman sus hilos por la geografía del país. Ningún otro como el Magdalena tiene el alcance de reunir en sus orillas 1.540 kilómetros de recorrido de historias, geografías, arqueologías, músicas, comidas, pescas, siembras y desechos, que se despeña desde los 3.685 metros de altura, hasta llegar al nivel del mar en Bocas de Ceniza en Barranquilla y se entromete en él con 7.100 metros cúbicos de agua por segundo en tiempo normal, tiñendo de café amarilloso el azul del mar Caribe a varios kilómetros a la redonda. Allí llega toda el agua sumada que trae noticias de ese más de 80% de la actividad económica nacional hecha en sus márgenes que abarcan 18 departamentos, 728 municipios y 128 puertos sobre sus orillas.

Es el río Magdalena en sí mismo un ignorado sentido central, que nos agrupa como país en sus aguas, que si bien no son limpias, mantienen su potencial renovación con caídas y meandros, que va sumando todas las huellas de lo que hacemos y deshacemos, sin detenerse a oír esas Casandra que anuncian desastres buscando detener el flujo de las cosas.

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