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La idea de una narrativa del conflicto armado que ‘absuelva del juicio de la historia’ a las guerrillas es incompatible con el relato nacional que se necesita.
Una cosa es que el gobierno haya accedido a la conformación paritaria de la Comisión Histórica del Conflicto y sus Víctimas; y otra, que seamos indiferentes o proclives frente a la pretensión de justificación académica o intelectual de la violencia revolucionaria de los últimos 50 años. Que haga carrera el ‘relato’ complaciente tiene consecuencias.
La comprensión y la valoración del último medio siglo afectan el entendimiento y la apropiación social de los dos siglos de vida republicana. La violencia revolucionaria es muy distinta de la violencia política que hubo antes. Si un eje de la meta-narrativa nacional es o ha de ser cómo avanzamos hacia la civilización política, las guerrillas son un gran extravío.
Con el Frente Nacional (1958-1974) dejamos de matarnos por liberales o conservadores. Con las guerrillas revolucionarias, unos colombianos comenzaron a matar para imponer una nueva filiación política. Claramente fue un retroceso. Decir de modo elaborado que el Frente Nacional fue causante de esa nueva violencia con intención política daña la meta-narrativa posible más fidedigna.
Imaginemos que el pensamiento marxista nunca llegó a Colombia. ¿Habríamos tenido guerrillas revolucionarias? La respuesta es no. Desde luego, la decisión de usar la violencia para alcanzar el poder con el fin de construir un orden social nuevo o diferente era extraña a nuestro en todo caso complicado pasado y, de hecho, en parte se tomó en otros países por extranjeros.
Sin guerrillas, ¿habríamos tenido paramilitares? La respuesta es no. En una mirada de la trayectoria histórica de Colombia completa, las terribles violencias de las últimas décadas no eran ‘inevitables’. Son la mayor anomalía de nuestra historia. Especialmente la violencia de orientación marxista quiso sostener una justificación política y moral. Sin embargo, la sociedad puso fin a esa idea con las marchas del 4 de febrero de 2008.
Hay varias ‘narrativas’ del conflicto armado, pero las Farc buscan que haya una favorable que entre en la historia con la firma del acuerdo de paz. Su preocupación por el ‘juicio de la historia’ se está tramitando tarde, porque la historia ya está aquí hace rato. Ellos comenzaron en una época (propicia) y ahora buscan una salida en otra época (adversa), y eso no lo cambia un ‘relato a la medida’.
Ya en 1992 una carta de intelectuales encabezada por Gabriel García Márquez les advirtió: «“Su guerra, señores, perdió hace tiempo su vigencia histórica». Lamentablemente, en 2012 un numeroso grupo de intelectuales les dio razones -en una declaración- para justificar la rebelión armada. De ahí a una narrativa del conflicto armado que sea un fragmento extraño en el relato nacional, hay poco trecho.
Los otros dos ‘estragos’ intelectuales del discurso de la paz, causados por «La paz negociada es éticamente superior a la paz obtenida por una victoria militar» y la interdependencia entre acuerdo de paz y reconciliación (columna anterior), se retroalimentan con la narrativa complaciente para empujarnos hacia una auto-comprensión nacional inconsistente con los principios y valores que hemos tratado de respetar desde el principio de la república.
@DanielMeraV