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TENGO QUE CONFESAR QUE LE HIce fuerza a Chile en la final de la Copa América.
Un poco de solidaridad fraternal con unos familiares que viven en el país austral donde han sido recibidos con demasiada hospitalidad; un poco por el color de la camiseta: Llegué a decir que Chile era el Medallo de la Copa; pero también en gran medida, asumo mi irresponsabilidad, le hice fuerza a Chile porque de esa manera Messi no ganará lo que tampoco ganó el Diego. Que el enano maravilla no gane un título de Copa América o la Libertadores, es una forma de blindar un escalón más arriba a Maradona, ese que tuve la fortuna de ver en la tv durante mi niñez y que me dejó deslumbrado para siempre.
Y sin embargo, vino la final del partido y las cámaras enfocaron a Messi. Había que verlo: desencajado, descompuesto, cabeza gacha; luego tirado en el césped y esa cámara tomándolo en picada y un halo de solidaridad me sobrecogió. Suelo estar del lado de los derrotados, de las víctimas, de los cristos lacerados, de los outsiders, de los perdedores. Y entonces, sin necesidad de que él me lo pidiera, pero también atizado mi apoyo por las palabras de Mascherano en la cual, casi lloraba diciendo que eran una generación que no había tenido la fortuna de ganar nada con su Selección, seguí con esa sensación de arrepentimiento de saber que hice fuerza porque no ganaran esos guerreros, que aunque arrogantes y fantoches, cuando están en la cancha demuestran que lo suyo es amor por una camiseta, por un país.
Siempre he destacado que la mayoría de futbolistas argentinos cuando representan a su Nación, dejan su integridad física e incluso grandes jirones del alma en los terrenos de juego.
En esa final, parodiando al gran Galeano, la Selección de Argentina entró, jugó y empató. Y a ese mismo partido; Messi entró, jugó empató y perdió. Solo él. Al parecer Higuaín ni Banega erraron los penales. Todo el peso de una derrota se ha descargado en una muy endeble espalda. Y entonces, como dirían ellos, desde ese momento, lo he pensado tanto a Messi. He pensado en los latigazos inmisericordes sobre su minúscula humanidad por parte de una prensa de su país que no le perdona que él –el cuatro veces mejor del mundo— no haya ganado nada con su albiceleste. Le fustigan su juego a veces lento, sus pasos cansinos, sus ratos perdidos en el terreno de juego. Durante esta semana, algunos medios incluso han reclamado que le retiren su capitanía porque al decir de muchos no tiene el liderazgo ni su voz mando entre los compañeros. Se le acusa de “pecho frío”, de apátrida, de no entregar a su Selección la mitad de lo entregado cuando viste la azulgrana. A Messi le han golpeado más duro desde las páginas de los diarios y desde las redes que dentro del gramado de juego. Con el agravante de que las patadas dejan de doler pronto mientras los insultos cuando son inmerecidos se clavan en el alma.
Hay quienes los defienden. Algunas voces se levantan para decir que Messi y Cía, son una generación exitosa; que nada en ríos de dinero, que tienen novias de infarto y yates y fiestas y mansiones de lujo, y autos de gama alta, y que sin embargo vienen a “quebrarse el orto” por su país. Y agregan sus defensores adhonorem, que aquellos, en medio de sus mundos ostentosos estarían dispuestos a entregar gran parte de lo logrado sólo por el honor de levantar un trofeo para su país (la verdad ya han levantado otras como la de Campeones mundiales Juveniles, Campeones Olímpicos, pero la memoria a veces hace sus fintas). Y es bien cierto esto: Messi podría haberse quedado disfrutando de sus vacaciones después de ganarlo todo con el Barza; irse en un yate –como Cristiano lo hizo- con su esposa y su hijo o simplemente quedarse echado en su sofá estirando largas siestas o jugando play, como lo ha mostrado Leonardo Faccio en su libro “Messi, el chico que siempre llegaba tarde”.
Pero vino y se puso de carnada ante la jauría de una Nación para el cual el futbol es algo más que un deporte. Uno donde se perdona la corrupción de su clase dirigente pero que asume como tragedia nacional la pérdida de un partido.
Messi vino a aportar lo suyo a la selección de un país que no le ha dado tanto o casi nada para alcanzar lo que ha alcanzado. Sin embargo, por esos azares de la vida —y el futbol hace parte de esta— no alcanzó el título y Messi más que ninguno ha sido arrojado a las hogueras inquisitoriales de una opinión pública que tiene más de pública que de opinión.
De nuevo Messi es comparado con Maradona, ese otro enano, con las piernas tan fuertes y el liderazgo ídem para echarse al hombro a un equipo. Y claro, ahí sale perdiendo Messi. Los tiempos en que triunfara el uno y otro son tan diferentes como diferente es la envergadura de sus espaldas.
No quisiera pues llamarme Messi y tener que, además de jugarme las piernas y mi futuro en la cancha, estar en el ojo del huracán y sentir que cada jugada, cada mirada, cada decisión sea observada con sospecha. Ser Messi en estos momentos en Argentina es, en contravía del Derecho, ser culpable hasta demostrar lo contrario. Aceptar una culpabilidad sin posibilidad de defensa. Es tener la casi-certeza de que la próxima injuria será menor que la siguiente. No quisiera ser Messi para no tener que defenderme de delitos no cometidos. Y tener que explicar lo ya sabido: que en el fútbol, como en la vida, en unas se gana y en otras se pierde, pero que al final, a diferencia de la vida, después de perder, vendrán nuevas oportunidades. Que, contrario a lo dicho por Becket, sí hay posibilidad de un segundo tiempo.
Para bien, vendrán nuevos partidos, nuevos campeonatos. Se aquietarán un poco las aguas. Y habrá un segundo tiempo en la carrera de Messi en su selección. Porque quien se llama Messi es él. Y es sabido que tendrá la capacidad para levantarse. Ya lo ha hecho. Y muchos –a pesar de que no es mi ídolo y sigo añorando los tiempos del Diego y de Zidane— veremos sus endiabladas gambetas; ojalá, eso sí, no sea ante nuestra amada Selección Colombia.