Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Todavía es imposible saber en qué terminará la crisis griega.
Al momento de escribir estas líneas, acababan de llegar en Bruselas a un acuerdo “durísimo” entre las partes, bastante en contravía de lo aprobado mayoritariamente en el referéndum del pasado 5 de julio. Pero estaba por verse la reacción del pueblo griego y la consiguiente legislación de emergencia de su parlamento.
La cara de la tragedia a la que quiero referirme hoy es a la de los costos de los ajustes para la vida y la salud de los griegos. En la tierra de Hipócrates también se enferma la gente. Y se enferma y se muere más cuando hay crisis, o cuando se intenta resolver las crisis con remedios peores que las enfermedades. Hay suficiente información para sustentarlo. El desempleo alcanzó en Grecia al 27% de la población en edad laboral en 2013 y hoy 1.5 millones, del total de 11 millones de griegos, están sin empleo. Sólo en el 2012 fueron despedidos de sus cargos 4.000 trabajadores de la salud y desde comienzos de la crisis en 2008 no se reemplaza a ningún jubilado. En la actualidad 3 millones de griegos no tienen acceso a los servicios de salud, han disminuido drásticamente tanto el presupuesto para seguridad social como los salarios del personal de salud, se han incrementado los costos de la atención, se ha reducido la disponibilidad de vacunas, se ha alargado el listado de los medicamentos no incluidos para los asegurados, y las listas de espera para recibir atención médica son desesperantes.
Pero uno de los indicadores que mejor refleja la crisis y las consecuencias del ajuste es el de suicidio. Entre 2008 y 2012 la tasa de suicidio en personas mayores de 34 años aumentó en Grecia en un 75%. Es un aumento excesivo en un período tan corto y expresa bien el desespero de la población por la pobreza, el desempleo y la carencia de los mínimos de seguridad social. Y es posible que tal fenómeno, sumado al incremento de las muertes por enfermedades inmunoprevenibles propiciado por las carencias en vacunación, al de enfermedades crónicas y a los graves problemas de salud mental, estén ya empezando a reducir la esperanza de vida, que era de 77 años para los hombres y de 83 para las mujeres.
El 20 de octubre de 2011 en una conferencia mundial sobre determinantes sociales de la salud, en Río de Janeiro, presencié una escena que me impresionó mucho y me ha ayudado a entender el papel que actualmente están cumpliendo algunos organismos internacionales. Al terminar su exposición el entonces ministro de salud de Grecia sobre cómo estaba aplicando sumisamente las medidas de ajuste ya enunciadas, impuestas por los organismos financieros internacionales, la doctora Margaret Chan, directora de la Organización Mundial de la Salud, lo felicitó pública y efusivamente por el cumplimiento de la tarea. Su actitud sorprendió a muchos y evidenció el acuerdo e interés prioritario de la Organización que representaba con las políticas de ajuste y su poca preocupación real por la salud de los griegos y su sistema público de salud.
Lo peor no es sólo que Grecia siga en la encrucijada, la pobreza y el suicidio de su población en incremento y sus servicios de salud deteriorándose. Lo peor es que situaciones similares se están viviendo en buena parte de Europa y de otros continentes, que se siga creyendo que el remedio que ya ha fracasado es el único posible, y que en la práctica resulte burlada una vez más la voluntad popular expresada el 5 de julio.
Saul Franco
Médico social
Bogotá, 15 de julio de 2915.