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El James Rodríguez de la paz

Aldo Civico
14 de julio de 2015 – 11:04 p. m.

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“¿Qué es la paz?”, me pregunta un periodista. Me quedo en silencio unos momentos y luego le contesto: “Mira a tu alrededor: ¿qué sientes?”. Y digo: “Esta es la paz”.

El pasado jueves estaba sentado con un periodista en las sencillas y acogedoras instalaciones de la fundación de James Rodríguez, Colombia Somos Todos, en Ibagué (nota: tengo el placer de colaborar con la fundación como su director científico). Con las frentes húmedas de sudor, por el calor fuerte, estábamos conversando acerca del compromiso social de James y de su familia para apoyar el talento de niños de bajos recursos.

No lejos de nosotros, dos hermanitos, Carlos y Alexánder, estaban tomando felices el refrigerio que doña Patricia, la tía de James, les entrega a los niños de la fundación. Carlos y Alexánder comparten la historia de millones de niños en Colombia desplazados por la violencia. A Ibagué llegaron después de que la guerrilla amenazó y desterró a sus padres, quienes administraban una finca. Como muchos civiles que quedaron involucrados en el conflicto, esta familia lo perdió todo.

Mientras tanto, Carlos y Alexánder perdieron también a su papá, quien murió por las penas sufridas. Con la mamá, después de mucho peregrinar, finalmente llegaron a Ibagué, donde les tocó reinventarse la vida desde cero. Hace unos meses se vincularon a la fundación de James, que invierte en el “capital vital” de niños entre los siete y los doce años, acompañándolos, a través del fútbol, en el desarrollo físico, emocional e intelectual.

Los cambios que Myriam, la mamá de Carlos y Alexánder, observó en sus hijos son compartidos por los papás de los 280 niños que hasta el momento hacen parte de la fundación. Myriam dice: “No sé qué le dijeron, ni cómo lo hicieron, pero ahora Alexánder lava las medias del uniforme y, si ve un vaso sucio, lo lava. Él es mi bastón, sin él las cosas serían muy difíciles. A la casa llegan felices”.

Otros papás me confirmaron que la actitud de sus hijos en la casa ha cambiado radicalmente. Me comentan que son más responsables, motivados, respetuosos. Además, su rendimiento escolar ha mejorado considerablemente.

Los cambios en los niños han renovado las relaciones intrafamiliares. Por otra parte, las familias vinculadas al programa han creado entre ellas vínculos de amistad y solidaridad. Así, a partir de los niños, por iniciativa de James y de su familia, se está construyendo comunidad. Se están sembrando las semillas de un cambio social profundo.

Es por todo eso que, a pesar de las historias duras, y hasta traumáticas, que caracterizan muchas de las vivencias de estas familias, el clima alrededor de las canchas de fútbol donadas por James es de alegría y serenidad. Se ven niños felices y papás sonrientes. Hay paz.

En Colombia hay mucha más paz y muchos más constructores de paz de lo que se admite. Así como pasa en las canchas de fútbol de Colombia Somos Todos, la gente común, sobre todo la más humilde, construye diariamente espacios de paz. Son estas prácticas de paz la verdadera esperanza de este país.

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