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Porque da audiencia, votos, reposicionamiento social y político, reconocimiento, posibilidad de ganar premios como el Simón Bolívar, hablar, opinar, insultar, hacer cábalas y apuestas por lo que sucede o sucederá en el proceso de paz, hacer propuestas de toda clase, despotricar contra el Gobierno y las Farc se ha convertido en el confuso, errático y, para algunos, malintencionado deporte nacional.
A diario es practicado por periodistas, analistas, políticos, politiqueros, el procurador, el fiscal, y, en especial, generales en retiro que reclaman, exigen y exigen, pero nunca han explicado al país por qué su tarea como comandantes de las Fuerzas Militares fue un total y rotundo fracaso.
Así, mientras este circo pasa, el país se hunde cada vez más en la gravísima violencia urbana, barrial, vecinal, escolar, callejera que no pasa de ser el centro de los noticieros de televisión, pero que luego se archiva con los videos de las cámaras de seguridad.
Cuando nos demos cuenta, las maras, pandillas y grupos delincuenciales, al estilo de las de algunos países centroamericanos que también sufrieron violencia guerrillera, paramilitar y gubernamental, habrán terminado de posesionarse de las ciudades principales del país en las cuales ya ocupan lugar destacado.
María Cristina Quiroga Cali
Polarización versus dictadura
Suelen ser recurrentes las quejas sobre la polarización de los debates en Colombia. Que en el Consejo de Estado, que en el Congreso, que en las plazas públicas, que en La Habana. Habría que comenzar diciendo que no puede haber debates sin polos, sobre todo opuestos. Cuando no los hay, es imposible debate alguno. Por otro lado, puede ocurrir que ese temor a los polos traiga consigo cierto afecto por el autoritarismo dictatorial. En las dictaduras y dictablandas tipo Venezuela, Argentina o Cuba no hay polarización alguna. Sólo manda, habla, gobierna, legisla y juzga el mesías de turno. Convendría pensar entonces si tanto miedo a la polarización esconde en los colombianos su profundo afecto por el sueño dictatorial y su admiración patológica por los mesías. Pero ante todo, su vocación guerrerista bien alimentada desde el mediano siglo XIX. La historia criolla enseña que la guerra habría sido el único escenario donde al colombiano no le asusta “la polarización”. Al contrario, le fascinaría porque a punta de bala “sí podemos discutir”…
Bernardo Congote Bogotá.
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