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Hace algún tiempo, en un evento académico, yo celebré el hecho de que en Medellín hubiéramos pasado de 7.500 homicidios al año a 750. Un joven furioso me interrumpió y dijo, rojo de indignación moral, que nuestra ciudad seguiría siendo una porquería mientras hubiera un solo asesinato al año.
Yo estoy de acuerdo en que todos debemos aspirar a construir el paraíso, pero eso no me impide creer que, por horrible que sea, es menos mala una ciudad con 750 asesinatos que con 7.500.
La actitud de este joven podría definirse como “maximalista”. El maximalismo consiste en defender una posición extrema sumamente útil en una discusión política, sobre todo si uno está en la oposición y no en el gobierno. Los maximalistas sacan a relucir una moral absoluta para negar cualquier logro o avance en una situación dada. Si un país disminuye las tasas de desnutrición o mortalidad por hambre, el maximalista dice: “esa disminución es una infamia para distraer a la opinión; ningún niño debería morir de hambre en el país.” La segunda afirmación sienta un principio general válido, pero eso no quiere decir que sea lo mismo que mueran cien mil niños por desnutrición que mil. El optimista tratará de hacer ver los 99 mil niños que ya no se mueren de hambre; el maximalista verá solamente los mil muertos.
Los maximalistas —en general extremistas de izquierda o de derecha— lo comparan todo con un mundo ideal, no con el mundo real. Con la utopía de la perfección, no con la realidad de un mundo complejo que, por mucho que evolucione hacia el bien, nunca será perfecto.
Uribe, mientras gobernaba, no era maximalista, sino gradualista. Mostraba con orgullo la disminución de los actos terroristas; no decía que el único país vivible era un país sin un solo atentado terrorista. Esta semana, en cambio, lanzó sablazos de ira contra la petición de los países garantes y facilitadores del proceso de paz de disminuir las acciones armadas, y contra el anuncio de las Farc de hacer otra tregua unilateral desde el 20 de julio. Sus declaraciones, llenas de indignación moral y aparentemente sensatas, fueron estas:
“Desescalar el conflicto es una propuesta inhumana. ¿Cómo así que no se asesine a diez sino a tres? La vida no se puede tasar (…). Lo que requerimos es que los países garantes le hagan el bien a Colombia de exigirle al terrorismo el cese unilateral del crimen”. Esto, desde el punto de vista de una moral perfecta, suena bien. Nadie debería morir asesinado, de acuerdo. Si una mujer tiene diez hijos y le matan uno la pena es inmensa. Pero uno no puede negar que sería peor si le mataran nueve.
Si yo digo que prefiero un país en donde los corruptos se roben el 10% y no el 90%, mi preferencia no es moral, sino práctica. Cuando el astuto Turbay decía que había que “reducir la corrupción a sus justas proporciones”, el problema estaba en la palabra “justas”. Ninguna proporción es justa; pero sí es preferible una corrupción del 10% que una del 90%.
Desescalar el conflicto, es decir, hacer desminados, declarar una tregua unilateral, no atentar contra la infraestructura, renunciar a los bombardeos aéreos a cambio de un cese al fuego comprobado, es algo que ahorra vidas humanas y tragedias personales y ambientales. Decir que esto es “inhumano” es aspirar a acciones divinas de bondad absoluta. Lo humano, en cambio, es mejorar un poco una situación espantosa. Cuando Uribe desmovilizó y perdonó a 30 mil paramilitares (muchos de ellos narcos), salvo una decena de extraditados, llevó a cabo una acción conveniente que desescaló la violencia en Colombia. Debería dejar a Santos hacer lo mismo con la guerrilla, en lugar de pasearse por el mundo diciendo la mentira de que Colombia se está hundiendo en el abismo del terror en el mismo momento en que —con relación a las tasas de su gobierno— los homicidios de soldados y civiles disminuyen. Y sobre esto hay cifras concretas de mejoría, no alharaca ni propaganda moral maximalista.