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Los perros en el Concejo de Bogotá

NO HACE FALTA SER NI BIÓLOGO NI novelista, basta salir, como lo hago yo, todas los días al anochecer, a pasear con Teo y con Pepa, los perros de mi casa, para imaginar, con una plausibilidad que sin duda le merecería respeto a Konrad Lorenz, que hace sesenta o setenta mil años, los seres humanos, organizados en pequeños grupos, todavía incapaces de construir casas vivían en cavernas y debían luchar en condiciones de relativa igualdad de armas contra otros mamíferos superiores.

19 de junio de 2009 – 03:55 p. m.

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Entonces, el encuentro con perros les generó ventajas de supervivencia que ya hoy, ingratos como somos, parecemos haber olvidado. Habiendo descubierto que su oído y su olfato y aun sus colmillos, eran infinitamente más finos y fuertes que los suyos, nuestros amenazados ancestros empezaron a servirse de ellos como prolongaciones de sus propios sentidos. Gracias a lo que hoy, con un lenguaje un tanto arrogante si no despectivo, llamamos “mascotas”, en la caza y en la huida los humanoides de entonces se volvieron imbatibles. El pacto simbiótico que de allí resultó, fue, por supuesto, para beneficio recíproco. También los perros la tenían difícil enfrentando solos a los tigres. De esa alianza debió quedar, en el libro de la genética, alguna impronta contractual que todavía está por descifrar.

Gracias al nuevo esquema de convivencia, las condiciones de vida de unos y otros mejoraron. Así llegamos, sin duda, a esa furtiva edad de oro que la memoria colectiva recuerda como el paraíso terrenal y que tantos pintores medievales, pero también el aduanero Rousseau, se representaron como de convivencia pacífica y fraterna no únicamente con perros y con gatos sino con todos los seres vivos. 

Pasaron los siglos y como diría Augusto Comte, transitamos desde un estadio religioso hasta uno científico de la existencia social. Por lo menos a partir del Renacimiento, abandonamos las viejas y humildes visiones teocéntricas, y adoptamos nuevas y arrogantes visiones antropocéntricas del universo. Como quien dice, después de haber creído que todos —incluidos perros y gatos— éramos hijos o por lo menos “criaturas de Dios”,  con iguales derechos para habitar la tierra, nos volvimos “la mama de Dios”, de manera que todo lo demás, incluidos no solo los perros sino también otros seres humanos, se convirtió en objeto y en instrumento. La invención de las armas y de otros artefactos hizo prescindibles a los perros.

Fue entonces, como lo enseña la primera Escuela de Frankfurt, que los colombianos con una soberbia y una megalomanía que nada tienen que envidiarle a la del presidente Uribe en el trance dubitativo de su segunda reelección, convertimos primero el hacha quindiana y después la motosierra putumayense en el gran símbolo del progreso. Así las cosas, no es de extrañar que algunos prohombres en el Concejo de Bogotá, muy ilustrados ellos, traicionando —ahora que ya les parece innecesario— el pacto simbiótico que alguna vez firmaran nuestros tatarabuelos con los perros, quieran, por razones de “higiene” como las que en su momento movieron a Hitler a crear guetos para los judíos, alejar a los cuadrúpedos domésticos de los niños y de los parques. Y como los perros no pueden tutelar, ni siquiera por interpuesta persona, porque la idea de los derechos fundamentales es de uso restringido para humanos, quienes respetamos el contrato interespecies que funda la existencia social, parecemos condenados a mamarnos esta “solución final”. A los perros, como a los pobres del patriarca garciamarquiano no les queda, por lo pronto, sino la esperanza de que nuevas tecnologías eugenésicas les permitan nacer sin culo.

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