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Y entonces May se interesó por la ansiedad, llegando a distinguir entre dos tipos: normal y neurótica. La primera, la consideró como una fuerza que “nos ayuda a ser frente ante una situación amenazante”, aquella que nos moviliza a la acción, mientras que la segunda tiene la capacidad de paralizarnos, provocando una pérdida de percepción entre lo real e imaginario. “La ansiedad es perder el mundo propio, ya que el “yo” y el “mundo” están siempre correlacionados, esto significa también perder el propio yo”.
La ansiedad negativa a largo plazo produce apatía, ya que de a poco las personas dejan de importarle lo que acontece a su alrededor y se centran en lo que ellos sienten: pánico. Decía el psicoterapeuta que ese tipo de ansiedad se origina no solo por la carencia de identidad, sino también por la amenaza de los valores emocionales, morales y sociales. “La ansiedad, inevitable en una época en la que los valores atraviesan una transición tan radical, es el motivo principal de la apatía (…) Una ansiedad tan prolongada tiende a convertirse en una carencia de sentimiento y en una sensación de despersonalización”.
Rollo May también explicó como la ansiedad neurótica podía verse a través de la sexualidad y la elección de pareja. Pensaba que, aunque las personas pueden hallar validación e incluso significación a través de una pareja o un encuentro sexual, forjar un vínculo buscando solo sentir seguridad, lleva a que los individuos se sientan más despersonalizados, a que la pregunta “¿quién soy?” sea más frecuente. “El impersonalismo tiene como consecuencia premiar a la sensación sin sensibilidad, a la relación sexual sin intimidad, y de una forma extraña y perversa convierte a la negación del sentimiento en objetivo deseable”.
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El psicólogo llevó sus pensamientos hasta el mundo de la academia, sobre todo en torno a los estudiantes. Se dio cuenta que los jóvenes viven con la presión de cumplir los requisitos para lograr llegar a una universidad, lo que se traduce en ansiedad y al mismo tiempo en una carencia de validación propia, pues terminan dejándole esta tarea a las calificaciones que obtienen; es decir, dejan su elección en manos de terceros. “Y de nuevo el problema no radica en que los criterios sean externos (todos debemos vivir, en cualquier etapa de nuestra vida, mediante muchos criterios externos) sino en que los criterios no dependen de la elección de la propia persona, sino que los aplica a otros, en este caso los padres y las autoridades locales”.
A aquello May le agregó el problema de que en la sociedad actual el alumno se vea envuelto en una situación constante de amenaza frente a la máquina, ya que siente que en cualquier momento puede ser superado por ella, así que vive preocupado por llenarse cada día de más información, aunque sea imposible acumularla toda (es un ser humano, no una máquina). Entonces, al estudiante ya no le interesa pensar, solo acumular más conocimiento. “La circunstancia de que la educación se exteriorice en esta insistencia en apilar hecho sobre hecho debilita paulatinamente la experiencia de identidad del estudiante, y es la causa primordial de la ansiedad. ¿Dónde queda aquí la aventura de pensar, el gozo de ampliar las fronteras de la mente?
El psicoterapeuta creía que la presencia de la ansiedad neurótica en los alumnos había sido fruto de la misma cultura predominante, esa que establece que los estudiantes son tan solo víctimas de factores externos, quitándoles así responsabilidad sobre sus propias elecciones. “Les hemos estado diciendo que son simple manojos de reflejos condicionados, que la libertad y la opción son ilusiones, y ahora han terminado por creerlo”.
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Frente a aquel panorama, Rollo May propuso que lo que se debería hacer para combatir la ansiedad neurótica era identificar primero de dónde provenía la ansiedad; qué la estaba causando, para luego encontrar las estrategias que ayuden a combatirla. Lo anterior, también implicaba una reevaluación de la educación actual, en donde la producción deje de ser el fin último, cuando en realidad debería ser “la ampliación y la profundización de la conciencia”. “¡Quizá la propia máquina nos demuestre que no tenemos otra opción que ser humanos! Entonces comprenderemos y confío en que ayudaremos a nuestros estudiantes a comprender que el hombre hace algo mucho más importante: puede percibir significados, puede descubrir sentidos. Y con su imaginación, puede hacer lo que la máquina jamás podrá: elaborar planes y elegir objetivos”.