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Si la guerra no se detiene los hechos bélicos alimentarán la incredulidad de la ciudadanía. Si la guerra se detiene parecería que quien gana es la guerrilla y no el país. Las encuestas muestran la oscilación del péndulo y, como van las cosas, podría ocurrir que al momento de las elecciones, octubre 25, el péndulo esté en el extremo de la incredulidad.
Por ello detener la guerra y acercar los acuerdos son las variables que pueden desatar el nudo actual del proceso de paz.
Resalté hace una semana el resquicio de esperanza abierto cuando el Presidente dice: “si los insurgentes desescalan, el gobierno pensaría también en hacerlo”. Igualmente plantea el Presidente: “si se acelera la firma de los acuerdos, se aproximaría el cese bilateral y definitivo de fuegos”. Los insurgentes mantienen la posición que han tenido desde el comienzo: “preferible que los diálogos se adelanten con cese de hostilidades de ambas partes, cambiemos ese método ya”, dicen.
La sociedad victimizada, a su vez, grita: “si es cierto que están decididos a acabar la guerra, entonces párenla ya”. “No creemos en el fin que se promete mientras la guerra se intensifica”. “No se justifica un día, una hora, un minuto más de guerra que nos victimiza y envilece a todos y todas”.
La sociedad sensible y crítica que se expresa en un multiforme movimiento social de paz no debe temerle a coincidir con la guerrilla o con el gobierno cuando ello obedece al imperativo moral y político de parar la máquina de victimización que es la guerra. Hoy existe coincidencia con la insurgencia en exigir el cese bilateral de fuegos y coincidencia con el gobierno en que los diálogos no deben rebasar el tiempo político de la paz.
Acertadamente el profesor Alejo Vargas en columna reciente distinguía entre tiempo cronológico, tiempo político y tiempo sicológico. El tiempo cronológico es la duración de la corriente de acontecimientos que fluye sin cesar; el tiempo político lo constituyen esos momentos, nunca muy largos, en que el arco iris, signo de paz, posa sus puntas de herradura sobre la corriente; y tiempo sicológico es la duración de la confluencia anterior en los espíritus de los ciudadanos y ciudadanas.
Los tiempos políticos y sicológicos son tiempos de duración limitada, a menudo fugaces. Cuando confluyen es como cuando se alinean los planetas: algo bueno, extraordinario o aún sublime puede pasar en la sociedad que los vive lucidamente. Hoy necesitamos esa lucidez para que no desaparezca el arco iris sin que nos hayamos asegurado que cesa definitivamente la tormenta. El momento de la paz es ahora, así se trate de paz imperfecta la única posible.
Agudamente lo ha dicho Yesid Arteta, expreso político de las FARC-EP: “No cabe la menor duda que, tanto Santos como Timochenko, están estratégicamente convencidos del beneficio que la paz trae para el país, Latinoamérica y sus proyecciones políticas. El país, Latinoamérica y el mundo urgen de Santos y Timochenko el inicio de una fase testimonial. Unas decisiones de fondo, electrizantes, que animen a un público que poco a poco pierde el entusiasmo”.
“El gobierno y las FARC están hablando pero no están comunicando. El gobierno y las FARC están hablando mediante las acciones bélicas y el sabotaje, un lenguaje que la gente maldice. Han elegido el peor de los caminos. Creer que con el incremento de la confrontación las FARC pueden cautivar a “las masas” y el gobierno mejorar en las encuestas, resulta condenadamente peregrino. Tic tac, tic tac: se acaba el tiempo (político) en La Habana”… y el tiempo sicológico en el país.
@luisisandoval