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Fórmulas para la paz

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El proceso de paz transita por su mayor crisis.

Desde la masacre de 11 policías en el Cauca a mediados de abril, la terminación de la tregua unilateral y el escalamiento de las acciones ofensivas de las Farc, la negociación parece converger hacia escenarios similares del pasado. En éstos, la guerrilla toma la decisión estratégica de escalar el conflicto para –según su lógica– acrecentar su poder de negociación en la mesa y torcer la voluntad del Gobierno. En la actualidad, su objetivo es forzar al presidente Santos a aceptar un cese al fuego bilateral.

Esta táctica ha llevado –siempre– a la terminación de las negociaciones con el grupo guerrillero. El secuestro de Jorge Eduardo Gechem, en febrero de 2002, marcó el fin del Caguán. El recrudecimiento de la violencia posterior a los acuerdos de La Uribe, Meta, en 1986, donde se combinó el incremento de las acciones ofensivas de las Farc con el exterminio de la Unión Patriótica, impidió que la guerrilla continuara la discusión con el gobierno Barco. Se entra en un círculo vicioso, donde una acción ofensiva conlleva una retaliación mayor, al mismo tiempo que la confianza de la opinión pública en la negociación se desvanece.

La tendencia se recrudece ante la proximidad de ciclos electorales.Hoy estamos reviviendo la historia y aproximándonos a una situación en la que una acción militar ofensiva de gran calado por parte de la guerrilla podría ser la puñalada necesaria para poner a la ciudadanía en contra de La Habana de forma definitiva.

Ya a finales de mayo, el 48% del país no creía que el diálogo fuera la mejor opción para solucionar el conflicto con la guerrilla, la cifra más alta desde que se iniciaron las conversaciones. La negociación está caminando por un campo minado. Como la mancha de petróleo que recorre los ríos del sur del país, un cáncer se comienza a expandir contra las esperanzas de paz.

La estrategia militar de la guerrilla no tiene ninguna probabilidad de éxito. Sin apoyo popular, capacidad ofensiva y con un muy bajo control territorial, debe recurrir a acciones esporádicas que en ningún caso mueven el balance de poder del conflicto. Desafortunadamente, en este punto para el grupo guerrillero volver a la tregua unilateral, o incluso desescalar la intensidad de la ofensiva, se convierte en una decisión costosa: mostraría debilidad en el momento más sensible de la negociación, cuando se define el nivel de justicia que deberán pagar sus comandantes. Presas de su propia lógica, a las Farc sólo les queda recurrir a actos terroristas de impacto.

El Gobierno no está menos maniatado en esta espiral de violencia. Obligado a responder de forma contundente ante cada ataque de la guerrilla, su reacción dificulta el proceso de negociación. Acceder a un cese bilateral es un imposible político, con la opinión pública cada vez más en contra de la Habana. El cese bilateral es además, como siempre lo ha sabido Santos, técnicamente inviable: con una guerrilla esparcida por distintas regiones y escondida en la profundidad de la selva, el ruido de una mosca en un campamento guerrillero puede llevar al disparo de fusiles. Cualquier cese bilateral en este contexto está destinado al fracaso. Otra lección aprendida de tantos años en esta guerra absurda. Así las cosas, el Gobierno sólo puede subir el volumen de la presión militar.

Y la paz se sigue alejando. ¿Cómo romper este ciclo? Un paso inicial es reconocer (y comprender) que la sociedad colombiana está profundamente polarizada frente a la negociación. Al país lo une el repudio por la guerrilla pero lo divide la forma de acabarla.

Dicha situación diferencia este proceso de paz de otros ejemplos a nivel internacional, donde los distintos bandos en conflicto contaban con algún grado de apoyo popular (Sudáfrica, Irlanda, Nicaragua, incluso Colombia con el M-19). Nuestro caso se parece más al de España con ETA, donde los partidos mayoritarios (PSOE y PP) actuaban relativamente unidos en su respuesta a las acciones ofensivas del grupo terrorista. Así existieran diferencias en la forma de enfrentar y negociar con el grupo, los distintos sectores políticos actuaban de forma medianamente coordinada. En palabras de Héctor Abad, el establecimiento «cerraba un puño” contra el terrorismo.Álvaro Uribe recoge hoy la oposición al proceso de paz, seguramente la exacerba, pero no es el causante de la misma. Son las propias Farc con su prontuario y su lógica de guerra. Así como equivocadamente el expresidente acusa al Gobierno de “promotor del castrochavismo”, los defensores del proceso suelen ver la oposición a la Habana únicamente como un capricho del hoy senador, como una motivación de sectores guerreristas que no quieren la paz (así efectivamente un sector minoritario quiera seguir perpetuando la guerra).El problema es que la reconciliación nos necesita a todos, incluso a los que no ven con buenos ojos el proceso actual. El Gobierno colombiano, y de forma más general las personas que creemos en el proceso y queremos el fin de la guerra, necesitamos comprender el rol de Uribe y su partido en la dinámica de las negociaciones. ¿Cómo empezar a destrabar este enredo? La fórmula -exitosa en un principio- de que nada de lo que pase en la guerra afecta a La Habana es crecientemente ineficaz en este escenario (porque la negociación se encuentra ya en un punto definitivo y la escalada militar sí está afectando la discusión). Por otro lado, la imposición de plazos no es una estrategia creíble. En un conflicto de 50 años, nadie se va a levantar de la mesa ante la fijación de un plazo simbólico. Hay que construir nuevas reglas de juego.

En días recientes el senador Uribe pidió la suspensión del proceso hasta tanto haya concentración de las guerrillas. Algunos sectores descalificaron su propuesta sin considerar sus beneficios. Quizás simplemente por venir de donde venía. No obstante, ésta puede ser la forma de encontrar un punto de acuerdo entre el gobierno y el uribismo, y más importante aún, entre los dos sectores de la sociedad colombiana. Dicha propuesta tiene además la ventaja de guardar relación con lo que las mismas FARC están pidiendo – el cese al fuego bilateral. Evidentemente la propuesta se enfrenta a diversas dificultades prácticas. Para darle garantía a la guerrilla de que no renuncian a posiciones estratégicas, dicha concentración podría realizarse en diferentes regiones del país (el Putumayo, el Cauca, entre otros) que en el caso de un rompimiento del proceso les permita devolverse “a las montañas de Colombia”. Un protocolo similar al del final del Caguán en ese sentido lo haría posible (en este caso, por supuesto, los territorios donde se concentren las guerrillas deberán contar con la presencia plena de las instituciones del Estado).

Las FARC demostrarían su voluntad definitiva de conseguir la paz (con una salvaguarda, en todo caso, para continuar la guerra si se suspenden los diálogos) y ahorrarían muertos en sus frentes. Sería la forma de salvar muchas vidas al interior del grupo guerrillero. Para el gobierno y la sociedad tolerar concesiones (los sapos de los que habla el Presidente) sería más fácil en este escenario.

Lo más atractivo de la propuesta es que nos daría una idea de lo que sería la terminación del conflicto. El gran déficit del gobierno ha sido su estrategia de comunicaciones, encontrar la fórmula para ilusionar al país con la posibilidad de un acuerdo de paz. Con una guerrilla concentrada, con la presencia física de guerrilleros en territorios sin violencia, interactuando con la ciudadanía y las instituciones, empezaríamos a trazar espacios de reconciliación. La concentración de guerrilleros podría impulsar un círculo virtuoso de empatía: esta sociedad descubriría en las Farc a miles de menores de edad, a mujeres maltratadas y abusadas, a víctimas en el rol de victimarios, con los cuales se podría empezar a construir una narrativa común de reconstrucción. Sería la forma de reencontrar familias separadas por el reclutamiento. La belleza de la fórmula está en que en vez de ser un escenario de vencedores y derrotados, todas las partes (Gobierno, oposición y Farc) podrían ganar con esta transición hacia la paz.Otras medidas alterativas pueden ayudar en esta dirección. Muy acertadamente el Gobierno autorizó la entrega de los cadáveres de guerrilleros a sus familias. Dicha fórmula podría profundizarse. Humanizando al contrincante, mostraríamos que podemos llegar a crear espacios de encuentro. ¡Cuánto ganaríamos si siguiéramos ese camino!Adoptar el cese bilateral con concentración puede ser la forma de parar el círculo vicioso en el que, desafortunadamente, ha caído el proceso de paz. Es la forma de salirnos del campo minado. Sobre ese “acuerdo fundamental” será más fácil construir una ruta conjunta para encontrar la medida adecuada de justicia, verdad y reparación que se negocie en La Habana.

“A las malas” no se moviliza un país hacia la reconciliación. Ante el recrudecimiento de la violencia, el camino es profundizar la paz. La concentración de la guerrilla puede ser la fórmula inicial para lograrlo.

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