Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
La mayor crítica que ha caído sobre la Copa América de Chile es el aparente exceso de violencia.
Muchos, particularmente en el sur del continente y en Europa, enfocan sus iras sobre Colombia. Con las honrosas excepciones de los dos partidos de semifinales, el problema central del torneo ha sido la falta de fútbol, no el exceso de patadas.
En Chile 2015 se han cometido 17,4 faltas por partido. Muchas si se comparan con las pitadas durante la Eurocopa del 2012, cuando se alcanzaron apenas 14,4. Pero aquel fue un número bajo. En la Euro 2008 se firmaron 18 faltas por partido. España, la lírica campeona, cometió 19 en aquel torneo.
A lo largo de la Copa América, Bolivia destaca por leñera: 24 faltas por partido. Colombia ocupa el quinto puesto, pero en “empate técnico” con Venezuela, Uruguay, el horroroso equipo brasileño y Ecuador, todos con 17 y pico.
Si bien las cifras no reflejan un exceso de violencia en Colombia, sí es cierto que a Messi le dieron un tratamiento diferencial: ocho faltas en contra recibió el crack en los cuartos de final. En promedio, en los demás partidos no recibió siquiera tres faltas. Neymar, en cambio, no tenía mucho porqué llorar. Recibió 10 faltas en los dos partidos que jugó (cinco de Colombia y cinco de Perú). Tras la victoria ante Perú, Neymar no habló de patadas y la prensa brasileña elogió al “heredero” de Messi. Tras la derrota ante Colombia había una “cacería” contra la solitaria estrella brasileña.
En realidad, como Colombia, su problema era mucho más simple. A un torneo de fútbol hay que ir a jugar al fútbol. Ni Colombia ni Brasil lo hicieron. El uno se olvidó del fútbol que práctico hace sólo un año, el otro desde hace años es un fantasma de lo que fue.
A la final llegan los dos mejores equipos del torneo. El mejor fútbol se refleja en ser los equipos que menos faltas cometen. Pero hay una diferencia. Argentina recibe una tarjeta amarilla por cada 5,3 faltas que comete. Chile una por cada 11,7. Son los dos extremos del torneo. Que la localía, más allá del apoyo del público, no sea un factor determinante.