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Catástrofe y milagro

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Colombia limita con el pacífico. Esta ironía comenzó hace 75 millones de años con el cataclismo de placas tectónicas que terminó produciendo las elevaciones de los Andes y separando en dos la profunda selva que nos dominaba desde el Chocó hasta el Amazonas. Desde entonces el Pacífico colombiano ha sido un abismo insondable.

Una catástrofe y un milagro tienen lugar allí la misma semana.

Dos irracionales de las Farc vierten diez mil barriles de petróleo que contaminan el río Mira y la bahía de Tumaco. Una mujer, Mary Nella Murillo, es capaz de sobrevivir sola una semana y salvar a Yudier, su bebé de tres meses, luego del siniestro aéreo de una avioneta en la que por 150 mil pesos viajó con mil libras de atún y bagre fresco desde Nuquí poniéndose en manos del piloto Carlos Mario Ceballos, quien murió en el instante y el lugar: sobre un árbol de 50 metros en la serranía del Alto Baudó. Ella había hecho todo por salir de Panguí y de la pobreza para llegar a Quibdó a buscar trabajo donde su hermana. Esta precariedad en la que creció los 18 años que tiene, han hecho de ella una veterana sobreviviente.

El crimen ambiental de Tumaco es bien familiar para la guerrilla, que no conoce ningún límite: dejó de un tajo a 700 pescadores sin trabajo ni comida junto a 160 mil personas más que quedaron sin agua por la contaminación de la fuente del acueducto municipal. Nariño conoce muy bien la pobreza social y la riqueza natural que se dan juntas en el Pacífico. Casi mil trabajadores no han dado abasto para recoger gota a gota los 410 mil galones que envenenan la fauna y la flora de la que vive el prodigio anfibio de Tumaco.

A Mary Nella y a Yudier les atenuó el cimbronazo los bultos de pescado que fueron un airbag improvisado en medio del incendio de la nave y del piloto muerto. El primer instinto de sobrevivir la hizo huir a ella pero se devolvió por el bebé al que encontró vivo entre el fuselaje, la pañalera y el pescado. Sacó el tarro de leche que llevaba, su celular y el del piloto (con minutos y sin señal), pañitos húmedos y hasta un machete que le sirvió para cortar cocos, sacar el agua, beberla y comerse la fruta. Bajó la pendiente escarpada y llegó hasta un riachuelo que fue la pista que siguió para tener agua y la dirección correcta que la llevaría a alguna parte. Aunque el bebé casi se ahoga en la hondura del cauce, ella seguía adelante gritando cuando las fuerzas le daban y alimentando a Yudier cuando tenía alientos; bebía agua hasta de las hojas de los árboles. A ambos los salvó Acisclo Rentería, un rescatista a destajo (desempleado muchos meses del año) de la Cruz Roja, que tal como ella conocía los secretos de la selva chocoana: las huellas de matorrales arrancados eran la certeza de que había sobrevivientes. Con las voces que oía por un megáfono y el ruido de las hélices del helicóptero, Mary Nella sacó fuerzas hasta que 120 horas después del accidente, el heroico rescatista Rentería recibió en brazos a Yudier y su exhausta mamá fue llevada a Medellín para curarle sus quemaduras y su tobillo roto. Mientras tanto ella cuenta su milagro a Waldino su papá y a sus siete hermanos. A los periodistas les narra esto como algo natural.

La supervivencia es el dictado del selvático Pacífico al que los ciegos y sordos guerrilleros desconocen. Ellos no oyen el llamado de la vida que fue el que salvó a la joven mamá y a su recién nacido.

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