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Desde que se inició mi entrañable, intensa relación con Colombia (allá por abril del 64), no he dejado de oír hablar una y otra vez del metro de Bogotá, fantasma que recorre la historia de la ciudad desde 1950.
Pues bien, hace unos días, leyendo el sexto episodio de la saga del comisario sueco Thomas Andreasson, encontré esta frase: “Thomas detuvo el auto en el Ringvägen para dejar a Aram al lado de la boca de la estación de Metro. Una T azul luminosa sobre el fondo de un círculo blanco marcaba la entrada a la estación Skanstull”. ¿“Una T”? Afanosamente busqué cómo se dice metro en sueco y la respuesta fue esclarecedora: se llama Tunnelbana, el tren que va por el túnel. Y ello me hizo pensar en cómo se nombra a ese medio de transporte en los distintos idiomas. Lo general suele ser que se lo llame metro, menos en francés, donde es Métro aunque el acento recae sobre la o. Pero en alemán es U-Bahn, o sea, el tren que va por el subsuelo (Untergrund), y en Londres (gráficamente) es el Tube, mientras que en Nueva York es el Subway, y en Buenos Aires el Subte. Y valga la anécdota de que en Budapest, que fue la primera ciudad que dispuso de esa facilidad de transporte urbano, como la red es pequeñísima, lo llaman “el centímetro”.
Es uno de los medios de transporte más literarios y más cinematográficos que se conocen. Para citar sólo dos ejemplos de lo primero me basta con recordar Zazie dans le Métro, de Raymond Queneau, que fue adaptada al cine, y luego un par de relatos de Cortázar que se cuentan entre lo mejor de su narrativa; pienso concretamente en Cuello de gatito negro. En lo que se refiere a films, el mío preferido en esta materia es Le dernier Métro, de François Truffaut. Pero sin olvidar Pelham 1.2.3., con Walter Mattau, ni su nueva versión, de 35 años después, con Denzel Washington y John Travolta. Ni la notable Pánico en el Metro de Moscú, no apta para claustrófobos. And last but not least un episodio alucinante de la serie sueca del comisario Beck, donde una mara de Estocolmo vive en su propio mundo subterráneo, en unas galerías del Metro ya en desuso, la base desde donde planean y cometen sus crímenes. Y volviendo al principio de la columna, si el alcalde actual fuera quien, ¡¡por fin!!, le colgase el cascabel al gato del metro bogotano, pues no sería tan mala idea que en Rolópolis lo llamasen “el Petro”. ¿Qué tal?