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Nueva Mesopotamia

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Un año después de la proclamación de su Califato, el “Estado Islámico” va ganando su apuesta en el Medio Oriente y reta al mundo a resignarse al triunfo del terrorismo.

Cuando Abu Bakr Al Baghdadi fue ungido como Emir del “Estado Islámico de Irak” en 2006, casi nadie le puso atención. Se pensó que encabezaría uno más de los muchos movimientos surgidos dentro del desorden de la vida iraquí. Nadie hubiera pensado que en 2014 lo haría mutar en un pretencioso “Estado Islámico de Irak y el Levante” y que un año más tarde sería un actor inocultable del escenario mundial.

El ahora conocido y temido “Estado Islámico” relegó a segundo plano a Al Qaeda, pasó a controlar trescientos mil kilómetros de territorio a horcajadas entre dos países, domina de manera estricta y opresiva una población de diez millones de personas, y hace presencia en Afganistán, el Sinaí egipcio, Siria, Líbano y Libia, además claro está de las incursiones terroristas que realiza en otros lugares. Pero lo más novedoso de su modelo de ejercicio de poder radica en que, por encima de todas las fronteras, ha adquirido alcance mundial mediante una acción comunicativa contundente, cuidadosamente programada y ejecutada por personas muy idóneas, que a través de las redes sociales le ha facilitado una capacidad enorme de movilización de masas y le depara simpatizantes, adeptos y militantes que terminan convencidos de abandonar lo que estén haciendo para vincularse a sus filas y no solo dar la batalla de sus vidas sino ayudar a la “guerra definitiva contra los infieles”.

Ese mismo poder comunicativo, ejercido en contra del mundo que repudia, es el que le ha permitido infundir el miedo, aunque también el odio y el desprecio, entre sus oponentes, mediante la divulgación calculada de actos de terror y crueldad inéditos en nuestra época, como los castigos a quienes no cumplen sus órdenes, la incineración de un piloto jordano encerrado en una jaula y las decapitaciones de extranjeros occidentales o de un grupo de cristianos coptos en una playa africana del Mediterráneo.

El resultado de la combinación de acciones publicitarias, intimidatorias, políticas y militares, ha sido hasta ahora exitoso para el EI. Bastaría con el haber sobrevivido una tibia y aséptica intervención occidental para cantar victoria. La desbandada de unidades importantes de ejércitos regulares y la vinculación de desertores, con equipos y todo, les ha fortalecido. Para no hablar de la posesión de campos petroleros. Y el cuadro triunfal, por ahora, se vuelve más completo si se le agrega la continua migración hacia sus filas de cientos de ciudadanos musulmanes o conversos, procedentes de Francia, la Gran Bretaña, Alemania, que enceguecidos por el fanatismo o el fracaso, y animados por el sueño de vivir en un medio que los tenga en cuenta y donde esperan obtener un pasaporte seguro a la felicidad eterna, terminan con armas en mano en las filas del nuevo proyecto.

La equivocada aventura americana en Irak, y el hecho de haber entronizado a los chiitas en el poder de ese país, solo sirvieron de aliento a la aparición y el crecimiento del EI. El conflicto sirio apenas vino a avivar las llamas, a dar excusas para la expansión del fenómeno y a dificultar la intervención extranjera. Y la aproximación entre los Estados Unidos e Irán se considera por muchos como una opción de refuerzo del EI en la medida que lo dejaría como único defensor de la causa sunita.

Resulta difícil pensar que el Estado Islámico logre su publicitado sueño de establecer un califato musulmán que reúna territorios y sociedades desde Kabul hasta Rabat, pasando por las arabias, Anatolia y los Balcanes, y desde la línea ecuatorial africana hasta la España musulmana de siglos atrás. Pero lo que sí es evidente ahora mismo es que constituye una amenaza no solo al estado de cosas de la región sino a la existencia de los estados actuales.

Parece que se fuera consolidando, gracias a la desacertada forma de manejar su expansión, una especie de “Estado ultranacional” con territorio definido, capital reconocida, gobierno visible, administración pública, leyes para todos los efectos, sistema de salud, sistema de justicia y organismos de seguridad propios, todo bajo unos parámetros de arcaísmo y brutalidad inaceptables en el mundo occidental, que cree haber superado esas etapas. Ese Estado naciente plantea además para el resto del mundo el reto más importante de nuestros días, por la carga ideológica y religiosa, así como el ánimo de confrontación que trae. En gracia de discusión, podríamos estar ahora mismo, y por ahora, ante la aparición de una nueva versión de Mesopotamia. Y eso no sería raro en una región del mundo que desde tiempos inmemoriales ha sufrido tantas metamorfosis. ¿Será que los demás estados terminan por aceptarlo, como han aceptado calladamente tanta barbarie en otras partes?
 

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