Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
«Evacuar sentado es como tratar de arrancar el automóvil con el freno de mano puesto», dice graciosamente Jonathan Isbit en su página Nature’s Platform.
Me lo encontré porque compartimos la pasión por el tema del trono victoriano y la salud. Hace 150 años el brillante invento del inodoro (dorado, para más señas, en el caso de la Reina) comenzó a poblar el mundo. Aunque parece noble y elegante, su función no lo es tanto: tras varias generaciones de aparente éxito se ha demostrado que el evacuar sentado es una desgracia sanitaria.
Aún hoy en día millones de asiáticos, africanos, australianos, indígenas americanos y viajeros en algunos trenes europeos hacen sus necesidades en la postura natural diseñada para ello: en cuclillas. Pero en cuanto la «civilización» irrumpe con su taza alta comienzan a prevalecer enfermedades «de blancos» que no eran comunes: hemorroides, apendicitis, pólipos, colitis ulcerativa, colon irritable, divertículos, prostatitis y cáncer de colon, entre otras, como indican hace rato los estudiosos de el tema.
También el yoga —que lleva examinando la salud humana por cinco mil años y registrando los hallazgos— considera que la postura de cuclillas es muy beneficiosa ya que en ella el recto está como su nombre lo indica y no torcido, lo que permite la limpieza eficiente del colon sigmoideo, presiona debidamente el abdomen y evita la llamada maniobra de Valsalva —un vulgar pujo estreñido—, cuya única ocurrencia en el mundo animal corre por cuenta de los humanos muy sentados en su pedestal de porcelana. Porque descargar el intestino sentado en las alturas (aunque en ese escaño se haya leído mucho Readers Digest, que será bueno para la digestión) obliga a sostener la respiración y empujar hacia abajo con el diafragma, lo que puede afectar el piso pélvico y causar a largo plazo enfermedades y desórdenes.
En lo que al parto concierne, lo cómodo para los médicos es que la pobre parturienta alce las piernas hasta los estribos, pero para la naturaleza inteligente que reconoce la fuerza de la gravedad y diseña para ella, lo obvio son los alumbramientos en cuclillas, como hacen nuestras indígenas para horror de las enfermeras citadinas. Las mujeres han perdido la capacidad de parir en esta posición pues ya no tienen entrenamiento natural, como ocurría hace 70 años cuando casi todos en un país agrícola aún tenían que acurrucarse en el potrero o la letrina.
La mayoría de médicos modernos, salvo si han disfrutado de los beneficios de una letrina plana o de un campo abierto en el tiempo del rural, no dudarán en descalificar a quienes insistimos en la necesidad de regresar a las cuclillas (lo que entre otras cosas fortalecería las rodillas de los sedentarios que ya no pueden acurrucarse sin problemas). Las opciones existen en países como India y China, en donde el inodoro o es bajito o tiene huellas planas para acurrucarse encima.
Pero al colombiano citadino que quiera tener una sana digestión y liberarse de almorranas, pujos y colitis le toca recurrir al método del Águila Imperial: con todo cuidado y apoyado en el colgador de las toallas de mano o en el lavamanos, debe encaramarse a la taza lentamente hasta lograr la posición ideal. Desde luego —para evitar burlas de los amigos dispépticos con colon irritable y diverticulitis— hay que mantener el secreto y jamás hablar de la cabriola y menos aún escribir una columna a ese respecto.