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En un minuto hay muchos días, escribía Shakespeare retratando la dimensión inabarcable de un hecho aparentemente común, aparentemente simple; la ambigüedad de un tiempo que entrega su apariencia de leve transcurso aunque suceda en silencio lo indecible.
Asimilando la comedia violenta del mundo, la versión contraria también es aceptable. Ciertos siglos y milenios se ven reducidos también a un minuto sintético de letargo y tedio, aunque las noches largas hayan pasado sin espanto sobre una realidad atroz, pero estática en una idea insistente.
Lo inevitable siempre es la nostalgia de lo que transcurre y se pierde en esa metáfora que el hombre llama Tiempo para nombrar lo que deja de sentir y percibir en su continuidad irreparable. Y de repente lo que fue horroroso toma un tinte estético, o transfigura el recuerdo turbio en una sensación liberada de contemplación, lo escribía Czeslaw Milosz en su poema Encuentro: “De pronto una liebre atravesó la carretera. Uno de nosotros la señaló con la mano. Eso fue hace tiempos. Hoy ninguno de ellos está vivo. Ni la liebre, ni el hombre que hizo el ademán… ¿Dónde están ellos? ¿A dónde se han ido? El destello de una mano, la línea de un movimiento, el susurro de los guijarros. Pregunto no con tristeza, sino con asombro”.
Toda la sensibilidad y la furia dirigida a un evento concreto, de pronto será una imagen medianamente triste y progresivamente extraña en ese mausoleo de violencias disecadas de la memoria que también continúa sobre el basural de sus registros. Y aunque el dolor haya sido intenso y casi fatal, el estremecimiento convertirá su temblor en una imagen trascendental que mutará en nostalgia, nostalgia de una realidad intensa que solo existirá en abstracciones leves, en hologramas frágiles, en instantes efímeros que borrarán sus registros paulatinamente en un suicidio mudo.
Colombia recordará esta historia de horrores como una larga noche de sangre que detuvo su tiempo en una masacre circular por causas oscuras, y en el transcurso futuro de los días, los bandos, los héroes, los discursos y los muertos serán una sola imagen vibrátil y una fosa común de rabia y reprimendas largas que serán sintetizadas en un minuto brutal donde cabrá todo el escándalo, el barro y los gritos. Sesenta años podrán recordarse en un minuto común, sin recordar, porque la memoria suele omitir lo primordial y lo obvio, las intenciones de cuerpos efímeros por repararlos.
PD: El próximo viernes, en el Templo Tés e infusiones (La Soledad) la editorial Lectores Secretos lanzará el libro Polvo de Imperios, libro de poesía sobre eventos y personajes históricos que me vi forzado a escribir para pretender entender ese lugar común y complejo que traicionamos todos: el tiempo.