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El que diga que ese día no hubo boletas para entrar a El Campín miente. Las había, muy pocas, claro, pero con un valor superior al original, dos y hasta tres veces más costosas. Y ni hablar de los que se aprovecharon de las ansias y de uno que otro hincha al que no le importó pagar el precio que fuera con tal de entrar al estadio.
Si bien el partido estaba programado para las 5:30 p.m., las gradas estuvieron llenas dos horas antes, y en un escenario azul por completo cada quien se las ingenió para amilanar el nerviosismo antes del espectáculo.
Un hombre en oriental, para evitar el sol calcinante, tomó una botella de agua helada y prácticamente se bañó en la tribuna. Otro, que estaba más adelante, bajó su gorra para que nadie lo notara y durmió un rato. Cada quien apaciguando la ansiedad a su manera.
Dos más hablaron del día en el que un gol de Milton Rodríguez evitó que Millonarios llegara a la final cuando el empate 2-2 con Deportivo Cali le daba el tiquete al cuadro embajador (el partido terminó 3-2 en Bogotá. “Y Andrés Pérez golpeando las vallas publicitarias con rabia, o más bien impotencia de no poder hacer nada, y Jorge López Caballero con las manos en su brillante calva”.
También hubo otros que recordaron el mal momento de un año atrás, del club sumido en una crisis financiera y con deudas de 30 mil millones de pesos, y del proceso del plan de salvamento que fue como un bálsamo para una institución en cuidados intensivos, sin dinero y resultados deportivos.
“Fueron 24 accionistas que aportaron 24 mil millones. A Millonarios lo pueden noquear, pero es muy complicado enterrarlo”, dijo el hombre con un tono esperanzador luego de que al cuadro embajador se lo robaron una y otra vez hasta llevarlo al pozo más profundo de todos.
Incluso una mujer, con una niña de brazos y a la que no le importó cargarla en toda la previa, dijo de manera certera que el año era para los de la capital, que ya Santa Fe lo había logrado en el primer semestre y que Millonarios no se podía quedar atrás.
Durante esos instantes previos hubo tiempo de todo, hasta de organizar la bienvenida del equipo, el mosaico que se tomó todo el estadio y los papelitos que algunos cortaron durante la mañana para emular una copiosa lluvia. El calentamiento de los jugadores en el terreno de juego templó las gargantas de quienes corearon los nombres. “Delgado, Delgado”. “Otálvaro, Otálvaro”. “Wason, Wason”. Y ellos, recíprocos, se acercaron para responder con las palmas.
Y entonces llegó la salida de ambos equipos, las trompetas y el sonido ensordecedor de 40 mil personas gritando, el mosaico de Millos por la 14 en oriental y el cielo encapotado para hacer del espectáculo algo más fresco con ese frío bogotano. Con el himno de Bogotá una bandera azul y blanca cubrió oriental y hubo humo, y fue necesario prender las luces para ver todo mejor.
Con el partido en curso hubo silencios, clamores e insultos. El primer estruendo llegó con el gol de Wilberto Cosme tras el centro de Harrison Otálvaro. Millonarios arriba, el ánimo de la gente también.
La jugada, muy limpia: recuperación de Pedro Franco, pase a Otálvaro, que de primera se la dio a Máyer Candelo, quien sin dejarla caer puso a correr a Rentería. El delantero ganó con el cuerpo, esperó de nuevo a Candelo y se la dio -porque siempre la pelota al 10- para que el zurdo abriera otra vez con Otálvaro por la banda derecha. Harrison controló (por poco se le escapa la pelota), sacó el centro y Cosme apareció para el 1-0 para acariciar la estrella 14.
Ya en la segunda parte, con la gente de la tribuna norte festejando por anticipado (el juego se paró por unos minutos por la pólvora que arrojaron) vino el tanto del DIM, en ese arco, gracias a William Zapata. Abrazos en el banco del club paisa, manos arriba para Hernán Darío El Bolillo Gómez.
Y El Campín, tan colorido, entró en un mutismo y el ambiente se sintió pesado de tanta preocupación, del miedo generado porque la fiesta, preparada con días de anticipación, fuera aprovechada por el visitante. Terminaron los 90 minutos y, para ponerle más drama a la situación, vinieron los penaltis.
– Primero Rentería y gol.
– Después Sebastián Hernández y todo igualado.
– Pedro Franco y el cobro impecable.
– Diego Herner, el balón al palo y de nuevo el estrépito.
– Juan Esteban Ortiz y el remate abajo, a la base del palo.
– Amílcar Henríquez y el latigazo potente.
– Ómar Vázques y un tiro endeble atajado por Leandro Castellanos.
– Julián Guillermo para empatar todo de nuevo.
– Otálvaro y el cobro perfecto.
– Arias y el zapatazo imposible.
– Luis Delgado y el gol de arquero a arquero.
– Y Andrés Correa, los nervios de un futbolista de 18 años, y las manos de Delgado.
Y otra vez Millonarios fue el más veces campeón y las lágrimas en la tribuna, los abrazos de generaciones que nunca habían festejado el título, que habían creado una pasión con base en las palabras de otros. Y el club embajador (dirigido por Hernán Torres), al que tantas veces mataron, vivió y acomodó la historia, rompió con la sequía y volvió a nacer.