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Comisión, consejo y corte

Marcos Peckel
23 de junio de 2015 – 09:36 p. m.

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En 1948 la Organización de Naciones Unidas promulgó la Declaración Universal de los Derechos Humanos y encomendó a la Comisión de Derechos Humanos la responsabilidad de asegurar el cumplimento por parte de los Estados miembros.

La Comisión estaba constituida por gobiernos de los bloques regionales, creciendo de 18 a 53 en el año de su disolución. Estos estados, que servían por tres años, vigilaban el cumplimiento de los DD.HH. Aunque no tenía los dientes para sancionar a estados abusadores, la Comisión pudo haber desarrollado un “poder blando” con influencia internacional.Sin embargo, al estar constituida por gobiernos, la política se tomó a la Comisión, que contó entre sus miembros a perennes violadores de DD.HH. a los que el puesto les servía para limpiar su imagen y negociar entre sí para no acusarse; una especie de “sociedad de absolución mutua”. Pero como había que mostrar resultados apareció el “objetivo fácil”: Israel. La Organización de la Conferencia Islámica, la Liga Árabe y los No Alineados contaban con cómodas mayorías para condenar a Israel, sesgo que contribuyó a dar al traste con la Comisión, disuelta en 2005.

En su lugar se creó el Consejo de Derechos Humanos (CDH), que evidenció que sólo había cambiado el empaque mientras que en su interior la afección empeoraba. Está compuesto por 47 estados y en sus mullidas poltronas en Ginebra se han sentado representantes de Arabia Saudita, Argelia, Cuba, China, Pakistán y otros dechados en DD.HH. Para no perder la práctica, el CDH hizo saber que su misión principal sería condenar a Israel, como ha hecho en 50 ocasiones, a la vez que ha ignorado crasas violaciones a los DD.HH. Por ahí una resolución sobre Darfur, Siria, Corea de Norte y Congo que no alcanzan a disfrazar su inoperancia.

Pero sin duda el gran elefante blanco del sistema internacional de DD.HH. ha sido la Corte Penal Internacional, nacida en 2002, que ha condenado únicamente a dos líderes rebeldes africanos. El caso contra el presidente de Kenia colapsó y hace pocos días Sudáfrica, consentido del sistema, dejó salir de su país al presidente de Sudán, Omar Al Bashir, quien tiene una orden de captura internacional desde 2009. Para la fiscal de la CPI, Fatou Bensouda, podría ser “bocado de cardenal” involucrarse en el conflicto palestino-israelí, ahora que Palestina es miembro y el reciente informe del CDH sobre la pasada guerra de Gaza lo solicita. Eso le daría gran figuración mediática y una sensación de “estar haciendo algo”. Sin embargo, si la CPI no actúa con cautela extrema y se ensaña únicamente con Israel, estaría cavando su propia tumba.

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